sábado, 10 de abril de 2021

Relájate... el mundo no conspira contra ti

Enraizadas en emociones profundas, como el miedo y la indignación, las teorías conspirativas encontraron en las plataformas digitales un propulsor que las hizo más populares que nunca. ¿Por qué hay que cuidarnos de ellas y qué podemos hacer para no caer en sus redes?



¿Cuántas veces has visto una fotografía de la Tierra, tomada desde el espacio? El ser humano hizo esto posible desde el 24 de octubre de 1946, cuando militares y científicos estadounidenses lanzaron un misil equipado con una cámara desde White Sands, en Nuevo México.

Sin embargo, fue hasta 1972 cuando apareció The Blue Marble (La canica azul), la primera foto que ofrece una vista completa del planeta, mostrando toda su circunferencia. ¿Necesitó el ser humano de fotografías para saber que la Tierra es redonda? No, por supuesto.

 

El filósofo griego Pitágoras fue uno de los primeros en considerarlo desde el siglo VI antes de Cristo. Cien años después se sumó Platón y luego Aristóteles, quien encontró mejores argumentos para defender esta postura.

 

La idea siguió evolucionando hasta que, entre 1519 y 1522, la teoría se confirmó en la práctica gracias a una expedición liderada por el portugués Fernando de Magallanes, que circunnavegó el planeta. ¿Cómo entender, entonces, que en pleno siglo XXI, millones de personas aseguren que la Tierra es plana?

 

¿Necesitó el ser humano de fotografías para saber que la Tierra es redonda? No, por supuesto.

 


¡A mí no me engañan!

Para el politólogo Joseph Uscinski, autor del libro American Conspiracy Theories (Oxford, 2014), nadie está exento de creer en teorías conspirativas, por una razón muy simple: hay demasiadas.

 

Chris French, Jefe de la Unidad de Investigación de Psicología Anomalista en Goldsmiths, Universidad de Londres, señala que, según las estadísticas demográficas, “la creencia en conspiraciones atraviesa las clases sociales, el género y la edad”. En otras palabras, no existe un perfil de adeptos a estas teorías.

 

Si este tipo de creencias son tan tentadoras no es por la contundencia de sus argumentos, claro está, sino por tener su raíz en emociones profundas. Para Rafael Bisquerra, autor del libro Universo de emociones (2011) y presidente de la Red Internacional de Educación Emocional y Bienestar (RIEEB), detrás de la propagación de bulos o fake news se pueden identificar tres emociones predominantes: sorpresa, miedo e ira.


Por otro lado, tras las teorías conspirativas siempre hay historias sobre el bien y el mal que son tratadas más allá de lo falso o verdadero. Quien abraza estas teorías lo hace convencido de estar en el bando de los buenos.


Para los terraplanistas, las pruebas de que la Tierra es redonda son mentiras formuladas por una “élite mundial que gobierna en la sombra”, dice Oliver Ibañez, autor del libro Tierra plana: la mayor conspiración de la historia (2016), y dueño de La verdad al descubierto, un canal de YouTube con casi 500,000 suscriptores.


Vayamos al meollo: si creemos que existe una "élite mundial que gobierna en la sombra", capaz de inventar cualquier cosa para manipular al mundo y beneficiarse con ello, ¿queda alguna duda respecto a quiénes son los malos de la historia? Y si así fuera, ¿cómo podríamos permitir que se salieran con la suya? ¿Sería indignante, no es cierto? 


“A través de la NASA, del sistema educativo y de los medios de comunicación, nos han hecho creer que la Tierra es una esfera giratoria que viaja a enormes velocidades por el espacio exterior”, remata Ibañez. Claro... quien dé eso por sentado, ¿cómo podría no reaccionar con una negativa?

 

Si este tipo de creencias son tan tentadoras no es por la contundencia de sus argumentos, sino por tener su raíz en emociones profundas.

 


Distintas creencias, mismo soporte emocional  

Así como existen quienes se niegan a creer en la redondez de la Tierra, muchos otros grupos han asumido posturas negacionsitas con un trasfondo similar: la convicción de que, detrás de ello, hay un grupo de poder que se beneficia con nuestra credulidad.

 

Esta misma base sostiene a quienes niegan que la COVID-19 exista o sea realmente grave. También a quienes creen que el virus fue creado en un laboratorio para que “alguien” se enriqueciera vendiendo vacunas o tratamientos antivirales y a aquellos que optan por tratamientos alternativos que prometen resultados extraordinarios, cuando en realidad tienden a ser un peligro, como ha indicado la comunidad científica.

 

Y en otros ámbitos, sostiene a quienes niegan el cambio climático y sus consecuencias, así como a los simpatizantes de QAnon, el grupo de extrema derecha convencido de que existe un plan de ataque contra Donald Trump y sus seguidores.

 

Según sus afiliados, el ex presidente norteamericano lleva años investigando una red internacional de tráfico sexual de niños que involucra a actores de Hollywood y políticos de alto rango, como Barack Obama y Hillary Clinton. El movimiento, que representa un frente contra las represalias de esta camarilla hacia el republicano, ha extendido su presencia a España y Latinoamérica, convirtiéndose en una auténtica amenaza global –podemos encontrar una muestra de ello en el asalto al Capitolio, perpetuado el pasado 6 de enero.


 

Los grupos anticiencia están convencidos de que hay un grupo de poder que se beneficia con nuestra credulidad.



Por el bien de todos, ¿cómo contrarrestar esta tendencia?

Aunque las teorías conspirativas han existido siempre, nunca habían tenido tanta fuerza como ahora, con el poder de las plataformas digitales. Los propios medios han visto en ellas una gallina que pone huevos de oro tras advertir el impacto que generan en sus audiencias.

 

Titulares como “Después de leer esto no querrás salir a la calle” o “No podrás creer lo que ocurre cada vez que comes embutidos” se presentan ante el lector como una irresistible invitación a dar clic. Estos titulares sensacionalistas o banners con publicidad engañosa son muy utilizados como anzuelos para generar visitas en una página web. Esta mala práctica, conocida como clickbait, generalmente conduce a contenidos insustanciales, engañosos o falsos.

 

Por sus características, el clickbait es un recurso que suele alimentar estos movimientos conspirativos, al valerse del morbo, la indignación y el miedo para atraer la atención de los lectores.

 

Para Alejandro Romero Reche, sociólogo de la Universidad de Granada, estas posturas representan un peligro social cuando hay que consensuar decisiones sobre asuntos que afectan a todos, como el cambio climático o la pandemia de COVID-19. Negar la existencia del virus o la eficacia de las vacunas, por ejemplo, nos pone en peligro a todos.

 

¿Cómo contrarrestar este negacionismo? “Habría que reforzar la confianza en la ciencia y, en general, en las instituciones –señala el sociólogo–. Y lo primero que tendrían que hacer las instituciones para que podamos confiar en ellas es no darnos motivos para desconfiar. Cuanto mejor funcionen, más indefendible es la posición negacionista”.


La propuesta de Romero Reche tiene mucho sentido pero... ¿qué podemos hacer para no depender de que las instituciones hagan su parte? ¿Cómo reforzar esa confianza en la ciencia a la que se refiere, para no ser presas fáciles de engaños?


El ejercicio periodístico tiene una buena práctica para verificar información que podríamos adoptar como lectores. Consiste en hacernos tres preguntas fundamentales, cada vez que llegue a nosotros una de estas noticias sorprendentes:

  1. ¿Quién esa esa persona –o medio– que está afirmando tal cosa?
  2. ¿En qué se sustenta?
  3. ¿Cuáles podrían ser sus motivaciones?
Por otro lado, identificar las emociones que nos llevan a desacreditar información ya validada por instancias facultadas para ello –como hemos hecho en este artículo puede ser de gran ayuda para evitar que vuelva a ocurrir. A fin de cuentas, conviene tener presentes las palabras del gran Bernard Shaw: "Cuidado con el falso conocimiento, es más peligroso que la ignorancia".  


miércoles, 7 de octubre de 2020

Calles vibrantes de Tijuana


Cada día, aparece al menos un conductor que le echa el auto encima. Juan bien sabe que su oficio está lleno de riesgos; aun así, el semáforo es una gran oportunidad para mostrar lo que es capaz de hacer con su cuerpo, y recibir un pago a cambio. Pese a todo, el malabarista mantiene una sonrisa que no cede ante las inconveniencias. Originario de Ciudad de México, Juan Malabares –también conocido como Juan Arturo Vázquez– llegó hace poco más de dos años a Tijuana. Ahí, en sus calles, encontró el espacio idóneo para ejercer su oficio, igual que muchos otros artistas urbanos, habitantes de esta ciudad en los linderos del país y de América Latina.

Su condición fronteriza, su alta densidad demográfica y otros factores que han definido su identidad sinigual, hacen de Tijuana una ciudad que vibra fuerte. Tal vez por eso, por su exceso de energía, está llena de manifestaciones artísticas y culturales que no encuentran lugar en el interior de un recinto; tal vez por eso, el arte y la cultura se han desbordado a las calles. 

Vida de malabares

Juan vivió dos años en Oporto, Portugal, donde acudió a la Salto International Circus School para formarse como artista de circo. Ahí se especializó en malabares y ejercicios de equilibrio, además de aprender algo sobre clown, teatro y danza contemporánea.

Antes había hecho una carrera técnica en la École Nationale de Cirque, con sede en Montreal, Canadá, y se había capacitado como instructor de circo social, una metodología que aplica las artes circenses como herramienta de transformación comunitaria. Esto explica que desde hace varios años se dedique a trabajar con poblaciones vulnerables. Albergues, centros de día, orfanatos y centros de rehabilitación son sitios a los que suele llevar su arte y conocimiento.

Pero Juan no vive de esto, que casi siempre hace sin cobrar, sino de lo que gana en el semáforo. Va de lunes a domingo y, promediando, permanece ahí alrededor de cinco horas diarias –dedica tres solo a entrenar– para ganar alrededor de 400 pesos. Entre sus principales actos está manejar un monociclo y subirse a una escalera (de dos metros y sin una pared que la sostenga, por supuesto) para malabarear desde lo alto aros, pelotas o pinos. “Por comentarios de la gente sé que logro transmitir alegría. Algunos me han dicho: ‘Te voy a dinero, no por lo que acabas de hacer sino por la sonrisa con que lo hiciste’”.

A sus 29 años, Juan sueña con ser parte de una compañía con reconocimiento mundial. “Muchos artistas han salido de la calle. Varios de los que hoy forman parte de Cirque du Soleil, por ejemplo, trabajaron en semáforos. A mí me da la oportunidad de probar trucos, movimientos y estrategias para cautivar al público”. También quisiera seguir haciendo intervención comunitaria, pues está convencido de que, a través del circo, puede hacer del mundo un mejor lugar para vivir. 



Ópera viva

Hace casi 20 años, en una de las colonias más antiguas y populares de la ciudad, abrió una pequeña cafetería llamada Café de la Ópera. Congruentes con lo que prometían desde el nombre, los dueños prepararon para la inauguración una función operística. En el público estaban la promotora cultural Teresa Riqué y el tenor José Medina, respectivamente, directora general y director artístico de la asociación civil Ópera de Tijuana. Al ver cómo se abarrotaba el local, alguien dijo en son de broma que el primer aniversario convendría celebrarlo en la calle, para poder llegar a más gente. Tres años después, la broma se hizo realidad y sigue viva hasta ahora.

Desde 2004, el segundo o tercer sábado de julio, tiene lugar el festival Ópera en la Calle, entre las actividades para celebrar el aniversario de la ciudad. “Esa vez calculamos recibir unas 500 personas… tal vez 800, siendo muy optimistas; a las ocho de la noche lo que había ahí eran ríos de gente”, recuerda Tere.

El Café la Ópera ya cerró, pero la gente sabe que, cada año, en ese mismo punto de la ciudad –Calle 5ta, colonia Libertad–, alrededor de 500 artistas aparecen en escena, entre las 12 del día y las 12 de la noche. Saben también que el espectáculo es gratis. “La principal característica del festival es su público heterogéneo –puntualiza Tere–: profesionistas, empresarios, académicos, estudiantes, jornaleros… Siempre quisimos acabar con el prejuicio de que la ópera es para un público selecto y debe presentarse en un auditorio; por fortuna, lo hemos ido logrando poco a poco”.

Para Tere, otro indicador del éxito de este festival es que hace 20 años no había en Tijuana tanto talento como ahora. “El festival ha sido fuente de inspiración. Han surgido nuevos cantantes y ha despertado también inquietudes en bailarines, músicos y actores, ya que el festival involucra artistas de todas las disciplinas; sin duda, ha ayudado a descubrir vocaciones”.



De tacos callejeros a cine de autor

Primero fue Kokopelli, un puesto ambulante que ofrecía tacos de mariscos a las brasas (2011). Luego, Tras / Horizonte, un restaurante capitaneado por el chef Guillermo ‘Oso’ Campos, con una propuesta de cocina mexicana fronteriza (a decir del Oso) que pronto se ubicó entre las mejores opciones gastronómicas de la ciudad (2016). Hoy, Autocinema Tras / Horizonte, un sitio al que los tijuanenses pueden ir a ver películas desde su auto, mientras disfrutan algo del menú que tiene el restaurante (2020).

La idea surgió cuando se vieron en la necesidad de cerrar sus puertas por la contingencia sanitaria. Sin la posibilidad de seguir operando en las mismas condiciones, Pablo –socio y hermano de Guillermo– puso un día esta pregunta sobre la mesa: “¿Y por qué no conseguimos un cañón y estiramos una lona en el estacionamiento?”. La mejor parte no fue explícita, pero estaba bastante clara para todos: “… y volvemos a sacar el carrito para ofrecer bebidas y snacks a quienes vengan a ver la película”.

Los hermanos pusieron manos a la obra y aprovecharon el amplio estacionamiento que comparten con una bodega de dulces para hacer proyecciones nocturnas. Al principio, el espacio les permitía meter hasta 30 coches. Hoy, que el restaurante ha vuelto a abrir y requiere algunos cajones para los comensales, la capacidad se redujo a 19. Pero el autocinema sigue porque a la gente le gusta y no ha dejado de ir.

Quien desee acudir solo debe apartar lugar con tiempo, adelantando un pago de 250 pesos, no como cuota de ingreso sino como anticipo de consumo. Ya ahí, se accede al menú a través de un código QR y se hacen pedidos vía WhatsApp.

Aunque la situación ha vuelto poco a poco a la normalidad, Tras / Horizonte no tiene contemplado abandonar el autocinema, sino al contrario. Al cierre de esta edición, Pablo y Guillermo sostienen pláticas con HUMANO, un festival de cine binacional que premia y promueve a creadores que abordan temas relacionados con derechos humanos, para proyectar su cartelera. 



Golpes de esperanza

Durante su infancia y adolescencia, Alberto fue parte de una pandilla. De la mano de su padrastro, vivió muy de cerca la violencia en Tijuana. A los 15 años, sin embargo, hubo algo que le hizo cambiar su forma de ver las cosas y le dio la oportunidad de rehacer su vida. En la danza, Alberto encontró, no solo una distracción, sino otro tipo de amistades y, tal vez lo más importante, algo que le dio disciplina.

Hoy, a sus 28 años, Alberto Olivares forma parte de un colectivo llamado Hit Hope, a través del cual busca llevar un golpe de esperanza a gente que lo necesite. Además de ir frecuentemente a orfanatos, asilos y hospitales, Alberto, Raúl Osuna (26 años), Leslie Mora (13), Esmeralda Romero (21) y Alejandra Santa Olaya (21) hacen presentaciones públicas, en la calle, cada vez que pueden. A través del baile –recurriendo a ritmos urbanos, como rap y el hip hop– intentan llevar un momento de alegría a todo aquel que esté dispuesto a presenciar su arte.

La historia de Raúl no dista mucho de la de Alberto. “Yo estuve en el barrio como hasta los 14 años, pero fui creciendo y me di cuenta de que por ahí no iba la cosa”. Su acercamiento a la danza fue a través de videos. Tanto le gustó lo que veía que otros hacían que decidió ir a una academia y tomar una clase muestra de break. “Me gustó la onda de bailar, así que seguí y seguí hasta llegar a la universidad. Estudié la licenciatura en Danza Contemporánea en la UPN (Universidad Pedagógica Nacional)”.

Con sus 28 y 26 años, se podría decir que Raúl y Alberto son los veteranos del grupo. Y aunque muchas veces hacen presentaciones solo ellos dos –suelen hacer pequeños actos en semáforos, por ejemplo–, el trabajo que llevan a cabo con Hit Hope, suele ser el más gratificante. “Nos han invitado varias veces al hospital, para hacer dinámicas con niños que tienen cáncer. La danza es nuestra principal herramienta para tratar de pasarla chido y regalarles un día de esperanza. Ver cómo sonríen y se emocionan son cosas que a uno se le van quedando… pues acá, ¿no?”, para darse a entender Raúl se lleva la mano al corazón.



Nuestra bandera es nuestra cultura

“Oye, vimos un mural tuyo en tal lugar de Tijuana y nos gustaría saber si puedes hacer algo para nosotros”. Palabras más, palabras menos, esto es algo que Alonso escucha con frecuencia y para lo cual siempre tiene buena disposición. “Procuro hacer obras para la comunidad, sin más interés que el de acercar el arte a las personas –me cuenta con un entusiasmo que lo define–. Por lo general, ellos solo ponen la pintura, a veces la comida, y yo mis horas de trabajo. Saben que me gusta mucho trabajar en proyectos que se dirijan a la comunidad, como centros de rehabilitación, universidades y en general todo tipo de lugares”.

A sus 37 años, Alonso Delgadillo ya perdió la cuenta de los murales que ha hecho en todo Baja California, pero especialmente en Tijuana. También hay obra suya en Argentina, Guatemala, Estados Unidos y varias ciudades de México: CDMX, Guadalajara, Cuernavaca, Cancún y Reynosa, entre otras.

Para este muralista es importante que su obra pertenezca al lugar en el que va a permanecer. En congruencia con ello, no es raro que llegue a la pared en la que va a trabajar sin un diseño previo. Sabe por experiencia que la gente se acercará mientras prepara el área que va a intervenir, con el simple propósito de platicar. “A la gente le gusta compartirme historias, y a mí me gusta tomarlas en cuenta en lo que voy a plasmar. Es la mejor forma de que la obra se integre al lugar al que pertenece”.

A diferencia de quien se dedica al grafiti (una forma de expresión que también tiene mucha fuerza en Tijuana), Alonso se ubica a sí mismo en la línea del street art (arte callejero), debido a su formación de diseñador y forma de trabajar. “En el street art existe un manejo más técnico de la plástica, además de que usamos más las pinturas acrílicas que el aerosol”.

Aunque actualmente vive en Tucson, Arizona, Alonso sigue ligado a Tijuana de corazón. Tanto, que sigue yendo con mucha frecuencia a pintar. Vive convencido de que el arte ha sido un elemento fundamental para la ciudad en la que se arraiga. “El arte siempre ha florecido en Tijuana, tanto así que nos ha sacado a flote de muchas broncas de violencia que hemos tenido. Es fundamental para poder decir ‘nuestra bandera es nuestra cultura’”.







miércoles, 24 de junio de 2020

Hombrecito





A sus diez años, Beto ni se imagina lo diferente que va a ser el mundo cuando crezca y tenga un hijo de la edad que él tiene ahora. Pero, ¿a quién le importa lo que pueda llegar a pasar después de tanto tiempo, cuando la vida se trata de no quedar a deber materias para poder pasar a sexto? Y bueno... eso de tener que estudiar para los exámenes y pasar de año es solo un decir porque, la verdad, para un niño de diez, la vida se trata de muchas otras cosas, antes que de andar pensando en las calificaciones. Para Beto, que vive en las afueras de una ciudad a la que le faltan varios años para alcanzar el primer millón de habitantes, la vida se trata, a veces, de ir a alguno de los terrenos baldíos que quedan cerca de su casa para prenderle lumbre a un montón de periódicos. O de hacer hasta lo inimaginable para exterminar un hormiguero. Pasar toda la tarde jugando futbol o apedrear lagartijas son también buenas opciones, igual que ir al parque en la bici o volar el papalote si hay viento idóneo.  

Beto tiene la suerte de vivir en un lugar y en una época en la que hacer todo eso, y mucho más, es perfectamente posible. Nadie ha tachado ni tacharía a sus padres de irresponsables por dejarlo andar solo en la calle, sin más compañía que la de otros tres o cuatro chamacos de más o menos su misma edad. A fin de cuentas, ¿no es justo ahí, en las calles, donde se empieza a forjar el carácter? ¿No es cayendo de la bicicleta y raspándose las rodillas como un niño aprende a levantarse y continuar? Sobre eso, más o menos, le habló su padre el día que llegó a la casa llorando con un brazo roto.

A él y a otros tres muchachillos del barrio se les había ocurrido meterse a la casa en construcción que está frente a la ferretería. Como iban ya dos semanas que los albañiles no se aparecían por ahí para trabajar, la casa a medio hacer era toda para ellos, y una oportunidad así no era para dejar pasar. La primera vez que fueron solo se sentaron en el suelo a platicar, como si el puro hecho de haberse metido, sin permiso de nadie, alcanzara para saciar la sed de travesura de ese momento. El percance ocurrió el día siguiente, cuando ponerse a platicar no resultó lo suficientemente divertido, y les dio por trepar andamios.

Beto no dejó de llorar en todo el camino rumbo al hospital. Y aunque difícilmente hubiera podido explicarle a su mamá cómo es que había caído desde la parte más alta del armazón, ella estaba tan ocupada conduciendo el auto, y regañándolo, que ni siquiera le hubiera hecho caso. “¡Y ni se te ocurra pedirme permiso para salir en las próximas dos semanas, ¿me oíste?!”. ¡Por supuesto que la oía!, cómo no la iba a oír, si estaba sentado al lado de ella… si no respondía era porque le dolía tanto el brazo que no tenía cabeza siquiera para registrar la información. “Y espérate a que se entere tu papá, ¡a ver a él con qué le sales!”.

El médico determinó que se trataba de una fractura leve que, afortunadamente, no requería de intervención quirúrgica.
–Te salvaste de la operación, muchacho. Ya nomás es cosa de que aguantes el yeso un mes, y vas a estar listo para la próxima.
Madre e hijo encontraron completamente fuera de lugar la sonrisa impúdica con tintes de picardía que dejó ver el médico tras decir lo anterior.
Caía la noche para cuando salieron del sanatorio. Beto había dejado de llorar y su mamá había dejado de regañarlo. El enojo había dado paso a la congoja.
–Ay, Beto, ¡pero cómo no te fijaste, hijito!
Él volteó a verla aún sin tener algo qué decir.
–¿Te sigue doliendo mucho? –preguntó ahora sí conmovida.
–Sí.
Fue hasta entonces, casi llegando al auto, cuando la madre se inclinó para abrazarlo.

Además de que ya era tarde, Beto había quedado exhausto después de llorar tanto, así que, para las once que llegó su padre, él ya llevaba casi tres horas dormido. Eso no resultó tan importante para el papá, que entró al cuarto de su hijo decidido a hablar con él. Aún sin despertar, el niño apretó los párpados y se llevó una mano a los ojos, intentando protegerse de la luz. El padre fue hasta la cama, se sentó en ella, junto a su hijo, y dejó pasar unos segundos mientras veía el brazo enyesado. Beto arrugó el semblante al recordar lo que le había sucedido horas antes. Parecía a punto de volver a llorar cuando empezó a hablar su padre.
            –Yo tenía dos años menos que tú cuando me quebré mi primer hueso.
El niño intentó verlo a los ojos, lidiando con el encandilamiento.
            –Pero no fue un brazo… fue una pierna –aclaró, echando a andar la memoria, y los recuerdos le hicieron sonreír–. ¡Ni te imaginas la friega que es andar casi dos meses con muletas!
Beto ya estaba acostumbrado a ese tipo de sermones. Cada vez que su papá creía importante darle una lección le contaba algo que a él le había ocurrido de niño, poniéndose a sí mismo como ejemplo. Más de una vez se había preguntado cómo le habría hecho su padre para actuar siempre de la manera correcta. 
–Ah, pero ¿sabes cuántas veces me quejé? ¡Ni una! Tu abuelo me hubiera roto la otra pierna si me hubiera oído quejarme.
El padre buscó en vano la mirada de su hijo, a quien ya se le habían vuelto a cerrar los ojos por el cansancio.
–¡Alberto! –dijo en voz alta mientras le sacudía el hombro.
Los ojos del niño se abrieron con espanto. El padre revisó su reloj y, después de un suspiro profundo, continuó con sequedad.
–Ya te dijo tu mamá que vas a estar dos semanas sin salir, ¿verdad?
La respuesta llegó en silencio, con un movimiento de cabeza apenas perceptible.
–A ver si así aprendes a tener más cuidado.
El padre se puso de pie y empezó a caminar hacia la salida de la recámara, aunque se detuvo antes de llegar al umbral.
–Nada de quejas, ¿me oíste? Así como esa va a haber muchas más y no te quiero llorando por toda la casa. Así te vas a hacer hombrecito.
Aun con el cansancio, Beto tardó en volver a quedarse dormido.

domingo, 24 de noviembre de 2019

Arrebatos de ciudad



Llegar a la ciudad de México bombardeado de advertencias. Como si a los 20 millones de habitantes les hicieran falta más. La batalla parece no tener tregua. Y es que hay hambre, hay desigualdad; hay reclamos de justicia. Y sin drama, hay un poderoso –inherente- sentido de competencia que por sí mismo explica la predisposición de cada individuo para pelear y no dejarse (pero cómo se exalta el brío gandalla cuando por contexto se tiene a la Gran Ciudad). Predomina la táctica del arrebato: el puesto en una empresa, un lugar en el metro, un carril en la avenida, la bolsa, la cartera.

Así, advertido, consciente más o menos de las condiciones en que debe buscarse sitio, inmerso ya en la lucha, el fuereño procura también resquicios de sosiego momentáneo. La ciudad de México y anexos es mucho más que un campo de batalla. Los 20 millones no serían tales, si no. Peatón, tripulante de microbús, recorre avenidas. Encuentra en el domingo derechos sobrados para abatir la prisa, confianza para relajar el estado de alerta y la sugerencia de un paseo por el Centro Histórico, una visita a Bellas Artes, un asomo a La Alameda.

En el Hemiciclo, junto a Juárez, un McDonald’s es opción descartada para postergar el apetito. Hot dogs a $3.50, hamburguesas a $9.00 de este lado de la calle. Papas fritas con salsa valentina, mango y jícama con limón y chile, dulces, semillas. ¡Pásele! ¡Pásele!, dicta la mercadotecnia de la región, y quien camina juzga ofertas: un sombrero cowboy decorado con brillantina de los tres colores. “Para cuando juegue la selección”, llegará a decirse por asociación patriótica. Y si no le gusta el fut, o la patria simplemente no campea en sus reflexiones, el peatón podrá arrimarse al grupo aquel que parece muy entretenido oyendo a un brujo que llegó de Catemaco para revelar la forma de sacarse un espíritu maligno, de liberarse de un hechizo que le tiene sumergido en la pobreza y en la enfermedad. Si no le interesa, si no me cree, dese media vuelta y váyase, yo no vengo a hablar aquí con quien no quiera escuchar, yo no vengo aquí a perder el tiempo, lo que le digo es importante para su tranquilidad. ¿Cuántos estudiosos de antropología vendrán a La Alameda a consolidar sus tesis? La muchachita de ojos grandes tiene miedo. El gordo despeinado permanece impasible, más puesta su atención en el elote que muerde que en lo que está viendo. Tres adolescentes con perforaciones reiteradas en el rostro ríen con sorna, escépticos ante el pregón de quien compite a su manera, aunque sea domingo, pues hambre da todos los días.

Otros tratan acercando clientes –suertudos, les aseguran– a jugar lotería. Mete dinero y saca dinero. Por cada peso suyo le devuelvo cuatro. Y son 72 casillas, dados 12, pero la esperanza muere al último y jugadores no faltan. Saca algo, tiene a su favor la ley de probabilidades.

Más allá, el esfuerzo es de un payaso. Maroma, teatro, circo. El hombre de los zapatotes se tropieza adrede, finge desconcierto porque se le caen los pantalones, y luego, para no siempre ser caricatura, se acerca a un niño y le regala un globo con forma de perrito. El payaso no sólo es representación de lo ridículo, que lo avale el niño. Un sombrero da la vuelta al público buscando monedas y mientras tanto el semblante del payaso no es el mismo que hizo reír.

No en los pasillos, sino en los jardines de La Alameda, se libra otro tipo de competencias: aquéllos duraron más tiempo que todos besándose. Los de allá, de tan emocionados, le han ganado a las buenas costumbres. ¡Por favor, jóvenes, controlen sus arrebatos! ¡A plena luz!, apenas se puede creer ¡Qué no ven que hay niños!, advierte el policía. Que no se repita o se van conmigo por faltas a la moral. Hay quien abuchea la interrupción. ¡Ya ni la hace, hombre!, nos cortó en lo mero bueno el numerito, dicen unos, otros nada más lo piensan.

Si se está solo, la competencia es, de entrada, un insulto. La exhibición de amoríos ofende, provoca envidia y exalta las ganas. Si no hay con quién no queda más que asomarse desde afuera a la dicha de otros. O distraerse con la gringa de los shorts que atraviesa sola, ver que se aleja y figurarse cosas con la certeza incómoda de que siempre ha estado lejos y siempre lo estará.

En el hemiciclo, junto a Juárez, el fuereño se suma a los que miran a la güera cruzar la avenida, rumbo a aquel lugar donde ella sabe que las hamburguesas le saben mejor. Ahora nadie la ha seguido, pero cuentan que son varios los que cruzan para el otro lado tras la tentación. El domingo está avanzado, más vale regresar.


jueves, 9 de junio de 2016

El gusto por brincar de un lado a otro



Tal vez tú no lo sepas pero podría ocurrir que cualquier día de Halloween sientas un impulso repentino de disfrazarte de conejo. ¿Por qué no, si la mayoría incurre en los mismos clichés de siempre y se disfraza de vampiro, de desfigurado, de pirata…? Disfrazarse de conejo, a fin de cuentas, sería algo más original. Convencido, pues, mandarías hacer el traje con tiempo y te asegurarías de que estuviera listo para esa fiesta en Ensenada a la que tendrías planeado asistir (supongamos que vives en Tijuana para que esto sea más viable). Llegado el día, ya con tu disfraz en las manos, se te podría ocurrir algo todavía más audaz e interesante: ¿por qué no hacer ese viaje en autobús con el disfraz puesto? Y lo harías. Por diversión, más que por cualquier otra cosa.

Entonces descubrirías que, además de sorprenderse, la gente disfrutaría la ocurrencia contigo, y te lo haría saber de distintas formas: un saludo entusiasta, una felicitación, una porra o la solicitud de tomarse una foto contigo para subirla “al Face”. Y claro… ¿cómo no compartir un momento como ese, tan fuera de lo común, en redes sociales? En cuanto hicieras la primera publicación empezarían a llegar likes y una gran cantidad de comentarios. Hasta que a alguien, vía Twitter, se le ocurriera hacer una pregunta que te inyectaría el ánimo necesario para apostar por un cambio de vida: “¿Has viajado así a la Ciudad de México?”.



Esteban Blanco tiene 29 años y se dedica, entre otras cosas, a cortar el pelo y a viajar metido en una botarga de conejo, simple y sencillamente porque un día se le ocurrió, y no encontró razones para no hacerlo. El párrafo anterior narra, en realidad, el inicio de su historia como Conejo Viajero (nombre con el que se le identifica en redes sociales), en octubre de 2009. Propenso a llevar su vida más allá de lo que dictaminan los estereotipos y las buenas costumbres, Esteban tomó aquella pregunta que alguien le hizo por Twitter como uno de esos retos que llegan a abrir un universo de posibilidades y, por lo mismo, no se pueden rechazar. ¿A la Ciudad de México? ¿Por qué no? Lo primero que hizo fue comunicarse con alguien de la aerolínea para asegurarse de que no le prohibirían abordar el avión con semejante atavío. “Mientras traiga la cara descubierta no tendrá ningún problema”, le respondieron. Tal garantía fue la luz verde que necesitaba para continuar con sus planes.

Por una serie de circunstancias, Esteban no pudo llevar a cabo su plan sino hasta dos años después, pero una vez llegado el día, se presentó en el aeropuerto de Tijuana con todo listo para su viaje, incluido, por supuesto, el disfraz de conejo. Puesto, obviamente. Y entonces, faltando muy poco tiempo para abordar el avión, dice haber estado a punto de dejarse vencer por los nervios. “Me revisaron muchísimo antes de dejarme pasar. Además la gente no dejaba de reírse y eso me puso todavía más nervioso… pero dije: ‘No, ya estoy aquí y tengo que continuar’, así que mejor me puse a hacer videos para compartir en Twitter”.



Durante las tres semanas que duró ese viaje, en el que además visitó Puebla y Oaxaca, Esteban se topó con todo tipo de reacciones en la gente. No faltaron las risitas y miradas socarronas, por supuesto, pero la mayoría de las veces, lo que encontraba en las personas con las que se cruzaba era “buena vibra”, como él mismo dice. “Comencé a notar que la vibra de la mayoría de las personas a mi alrededor era realmente muy buena, y me encantó. Me di cuenta de que, sin el disfraz, me convertía en un viajero normal, como cualquier otro; pero cuando salía a las calles vestido de conejo provocaba alegría en la gente, y eso me gustaba mucho más. No era raro que alguien se me acercara para preguntarme: ‘Oye, ¿por qué viajas así?’. Yo solo les respondía: ‘¿Y por qué no?’”.

A la fecha, Esteban dice haber perdido la cuenta de los viajes que ha hecho como conejo, aunque calcula que podrían ser entre treinta y cuarenta. Hasta ahora, todos sus kilómetros recorridos han sido dentro del país, sobre todo por una cuestión de economía, aunque eso no significa que no tenga ganas de salir de México y visitar Sudamérica o Europa, a donde piensa llegar algún día no muy lejano.

Entre sus peores momentos, sin duda, están las veces que ha tenido que dormir en la calle… o el día que un policía le pidió que se retirara de la Macroplaza, en Monterrey, por no contar con una vestimenta adecuada (sic). Pero eso, evidentemente, nunca lo ha desmotivado ni lo desmotivará a seguir viajando como le gusta, no solo para seguir provocando alegría en la gente, sino para seguir haciendo amigos, pues son muchos más los buenos momentos que ha encontrado en este pasatiempo. “Soy una persona un poco tímida para acercarme a la gente, pero el conejo hace que la gente se acerque sola y empiece a compartir sus historias conmigo”.


Tal vez tú no lo sepas pero cualquier día podría ocurrir que sientas un impulso repentino de escapar, de irte dando brincos de un lado a otro buscando experiencias más allá del aburrimiento; ese día, tal vez lo menos importante sea que quieras hacerlo disfrazado de conejo.