jueves, 23 de abril de 2015

Dedicatoria a fracasados

Después de 15 años la verdad no recuerdo qué fue lo que me motivó a hacer esta dedicatoria como preámbulo a mi novela Alguien se está muriendo (Universidad Autónoma de Chihuahua, 2000). Es decir, hay una razón obvia, y es que se narra la historia de un suicidio, pero también es obvio que hubo algo más y eso es justo lo que olvidé; quizás para bien. 





















Más allá de la ingenuidad, la sentencia "Querer es poder" provoca risa, si no miedo...
Dedico esta pequeña obra a los que han querido con toda el alma y no han podido: a la pareja de jóvenes que se casó creyendo en la felicidad y encontró en el matrimonio la desgracia; al adolescente soñador que quiso enfrentar la injusticia del mundo y, por inercia, es hoy un tirano más sin tener la culpa; a la madre que ha visto morir a un hijo siendo todavía un pequeño; al pequeño, que siendo todavía un niño ha visto morir a su madre; al que fue asesinado por defender el derecho a la vida; al borracho que nadie acompaña; a la que ganó Señorita Simpatía como premio de consolación; a la que nunca hubiera entrado a un certamen de belleza; a los viejos corroídos por la angustia de la muerte progresiva; a los desempleados; a los explotados; a los tímidos, que nada les resulta, y no es porque no quieran; a los que están solos y se dan cuenta; a los que están solos y no se han dado cuenta; a los artistas, juzgados locos, precisamente por querer tanto y tan fuerte; a los feos; a los que no creen en Dios porque no pueden y saben que es terrible; a los que no creen en el hombre porque no pueden y saben que es diez veces peor; a los que mueren aferrados a seguir viviendo, pero mueren; a los que mueren al inicio de un proyecto grande; a los que mueren antes de nacer; a los que matan antes de que nazcan; a los que quieren morirse y no se han atrevido; a los que alguna vez creyeron que es suficiente querer y despertaron gritando...
     A ellos, que conocen (porque viven) la contradicción, el miedo, el absurdo, la injusticia, la impotencia, el fracaso. A ellos porque veo que casi nadie los menciona por miedo al contagio.
     Hay que aceptarse fracasado para reconocerlos, para reconocerse uno mismo entre ellos; hay que ser un poco cínico para decir "¡Felicidades a los fracasados!", y seguir queriendo con toda el alma. Yo lo digo.

martes, 7 de abril de 2015

La pelea del siglo


Artículo publicado en la revista Interjet, abril 2015.



Floyd Joy Sinclair, conocido también como Floyd Mayweather Jr, Pretty Boy o Floyd Money Mayweather, aparece vestido de amarillo con negro dando hachazos a un enorme tronco caído. Durante 30 segundos, el boxeador no hace más que impactar el hacha contra la madera, sin pronunciar palabra ni dirigirse a la cámara que registra sus movimientos. El propio Mayweather hizo circular este video a través de su cuenta de Twitter, para que luego fuera compartido cualquier cantidad de veces, tanto por usuarios particulares de redes sociales como por diversos medios representantes de la prensa internacional. Pero ¿cómo una pieza tan simple como ésta logra viralizarse a tal grado? Existen tres factores determinantes: A. El leñador es en realidad uno de los mejores y más famosos boxeadores del mundo (si no el que más, en ambos casos). B. La práctica nos remite a los entrenamientos de Rocky, el protagonista de la saga de películas sobre boxeo más taquillera en la historia del cine. C. Cuando el video se hizo público (el pasado 16 de marzo) faltaban 47 días para que Floyd “Money” Mayweather enfrentara a Manny “Pac-Man” Pacquiao, un duelo que tardó más de cinco años en concretarse y al que los especialistas han llegado a referir como “la pelea del siglo”.

Cuento de nunca acabar
La primera vez que se mencionó la posibilidad de que estos dos peleadores se encontraran sobre el ring fue en diciembre de 2009. Por las características y logros alcanzados por parte de ambos peleadores, ningún otro duelo se antojaba tan intenso y espectacular como el que protogonizarían estos dos titanes, así que la reacción de los aficionados no se hizo esperar.

La pelea, según lo anunció la cadena de televisión ESPN, se realizaría el 13 de marzo del año por venir. Se especuló, incluso, que llegaría a generar la mayor derrama económica en la historia del boxeo, con cálculos de hasta 300 millones de dólares. Sin embargo, todo se vino abajo a finales de ese mismo mes, al no llegar a un acuerdo sobre cómo realizar las pruebas antidopaje antes y después del encuentro.

El 13 de mayo de 2010, Bob Arum, dueño de Top Rank, promotora del filipino, volvió a hablar públicamente sobre un posible enfrentamiento. Un mes después, Oscar de la Hoya, dueño mayoritario de Golden Boy Promotions, aseguró que las negociaciones estaban por concluir favorablemente. Sin embargo, el tiempo transcurrió sin que los planes se concretaran y, nuevamente, todo quedó en meras especulaciones.

En septiembre de 2010, cuando nadie entendía por qué las promotoras no podían llegar a un acuerdo, Mayweather complicó aún más las cosas al publicar en internet un video lleno de insultos hacia Pacquiao. “Vamos a cocinar a ese pequeño tonto amarillo”, dijo. “Una vez que destroce al enano, haré que ese hijo de puta me haga un rollo de sushi y me cocine un poco de arroz”. En el video, además, el estadounidense volvió a acusar al filipino de utilizar sustancias ilegales para mejorar su rendimiento, algo que ya había hecho a principios de ese mismo año, y le había valido una demanda por difamación.

Hasta que un día…
Así se fue yendo el tiempo –y los mejores años de ambos pugilistas–, hasta que el pasado 27 de enero, mientras se llevaba a cabo un partido de la NBA en la American Airlines Arena, casa del Miami Heat, las cámaras de FOX captaron a estos dos boxeadores entre el público: Mayweather ocupaba un asiento junto a la banca del equipo local; Pacquiao se encontraba cerca de la banda contraria, casi enfrente. Quienes esa noche estuvieron en la arena o vieron el partido por televisión, fueron testigos de cómo, al término de la primera mitad, el estadounidense se dirigió hasta donde se encontraba el filipino para darle la mano e intercambiar unas palabras con él.

Apenas unas semanas después, luego de que, por fin, el 20 de febrero se anunció como un hecho que la pelea se llevará a cabo el próximo 2 de mayo, el filipino aseguró que aquel encuentro fortuito resultó ser uno de los factores decisivos para llegar a un acuerdo sobre las condiciones del duelo; otro, aseguró determinante, fue su humildad: “(La pelea sucederá) porque estuve de acuerdo en que la repartición fuera 60-40% –comentó en entrevista con Michele Beadle, de HBO–. Gracias a ello, esta pelea es una realidad”. Y es que, en su calidad de invicto, Mayweather exigió como parte del trato que, al momento de repartir las ganancias, hubiera un “lado A” y un “lado B”. Pacquiao, finalmente, aceptó tal condición y con ello hizo posible lo que desde 2009 no se había podido concretar.   

De pronósticos reservados
Después de tantos años subiendo al ring como el rival a vencer, esta vez Manny Pacquiao figura como “el débil” de la contienda. Esta circunstancia, sin embargo, parece no incomodar en lo más mínimo al filipino, sino todo lo contrario. “Es bueno no ser el favorito –declaró el mes pasado en una entrevista para CBS Sports–. Me ayuda mucho a enfocarme en entrenar. Siento como si estuviera comenzando otra vez”.

Una vez que se hizo oficial el combate, los principales portales de apuestas en el mundo colocaron a Mayweather con una ventaja de 3 a 1; es decir, para ganar 100 dólares había que poner 300 en juego. Al cierre de esta edición, esa aparente superioridad inicial se ha reducido a 2.25 a 1, lo que significa que, para ganar 100 dólares, solo es necesario poner en juego 225 (por otro lado, 100 dólares a favor de Pac-Man se convertirían en casi 190 de ganancia según los momios actuales).

Quienes ven en Mayweather mayores posibilidades de acreditarse el triunfo, supondrán que logrará imponer su impecable técnica para eludir el daño para luego lastimar a su rival en un feroz contraataque; quienes se decantan por Pacquiao, pensarán que aún mantiene algo de esa velocidad mortífera que mostró hace unos años, y podrá franquear la férrea defensa del norteamericano. Pero, más allá de lo que pueda deducirse al analizar la trayectoria de ambos pugilistas y ver los momios en las casas de apuestas, lo más sensato sería entender esta pelea, la pelea del siglo, como de pronóstico reservado.



Oro y esmeraldas
En la pelea se defenderán tres títulos de peso wélter: el del Consejo Mundial de Boxeo (WBC) y el de la Asociación Mundial de Boxeo (WBA), que pertenecen a Floyd Mayweather; y el de la Organización Mundial de Boxeo (WBO), que pertenece a Manny Pacquiao. Por ello, Mauricio Sulaimán, presidente del Consejo Mundial de Boxeo, mandó diseñar un cinturón especial, con incrustaciones de esmeraldas y las siglas WBC en oro de 24 kilates, para al vencedor. El valor de la faja se estima en casi un millón de dólares.


Pelea millonaria

  • Aunque el MGM Grand Garden Arena solo tiene capacidad para 16,800 espectadores, se espera que el combate se convierta en el evento deportivo más lucrativo de la historia debido al costo de las entradas. 
  • La página GoTickets.com empezó ofreciendo el boleto más barato en 3,749 dólares y en 22,500 el más caro, en ringside. Tres semanas después, el asiento menos costoso había llegado a los 5,525 dólares, mientras que los pases para ringside se habían agotado.
  • En Ticketstogo.com, el asiento más caro, en ringside, llegó a costar 101,250 dólares a mediados de marzo, lo que equivale a más de un millón 500 mil pesos mexicanos.
  • Mayweather Promotions y Top Rank esperan recaudar 50 millones de dólares en taquilla.
  • Se estima que la bolsa a repartir entre los boxeadores alcance los 200 millones de dólares, de los cuales, el 60 % (120) correspondería a Mayweather y 40% (80) a Pacquiao.
  • En cuanto a la transmisión de la pelea, estará a cargo de HBO y Showtime, en modalidad pago por evento, y se estima que llegará a más de 3 millones de hogares. Considerando que el costo oscilará entre 90 y 100 dólares, se puede calcular una ganancia aproximada de 300 millones de dólares bajo este concepto
  • En lo que respecta a México, al cierre de la edición todo parece indicar que tanto Televisa como TV Azteca llegarán a un acuerdo para transmitir la pelea en televisión abierta.


jueves, 2 de abril de 2015

Vivir un maratón desde el costado



Una versión editada de esta crónica se publicó en la revista México Desconocido, abril 2015.




4:50 horas
Bajamos del taxi frente al estadio Teodoro Mariscal. A diferencia de lo que recuerdo sobre Mazatlán, la madrugada es fría. Tendrá que ver que es la primera vez que estoy aquí a finales de noviembre, “ya” despierto y no “todavía”, como solía ocurrir cuando venía con mis amigos en verano. Hoy es distinto: estoy aquí con y por mi esposa, quien lleva meses preparándose para correr su primer maratón. La idea de volver a Mazatlán después de tantos años me pareció seductora; ser parte del Maratón Pacífico, aunque sea solo como animador –un sedentario a ultranza no podría aspirar a más–, también lo es. 

5:45 
El rededor del estadio está lleno de corredores haciendo estiramientos. A 45 minutos del disparo de salida, tal vez haya llegado un 80 o 90% de los más de 12,000 inscritos. Aún no sale el sol ni la temperatura aumenta, pero el ánimo de los deportistas ha caldeado el ambiente. Mi mujer trota para entrar en calor. 

6:25
Ha empezado la cuenta regresiva. Mientras los corredores esperan el arranque, amigos y familiares lanzamos arengas desde nuestra posición de espectadores: “¡Venga!”. “¡Tú puedes!”. “¡Con todo!”. Pero quienes realmente aportan el ambiente son los que tocan en la tambora, que ya pusieron a bailar a varios. Hace unos meses, el coordinador del evento anunció que cada cinco kilómetros habría una banda sinaloense tocando, para animar a los corredores… he aquí la primera. 

6:28
Nadie le dice a los de la banda que dejen de tocar, así que ellos siguen en lo suyo cuando suenan los primeros trompetazos de Gonna Fly Now, aquella pieza icónica que nos puso a todos la piel de gallina mientras veíamos a Rocky boxear contra reses colgadas en canal, antes de enfrentar a Apollo Creed. Las edecanes no saben a qué ritmo bailar, hasta que los de la banda se dan cuenta del ruidajo y silencian sus instrumentos. Xóchitl y yo intercambiamos sonrisas a distancia. La carrera está por comenzar.

6:31
Correr un maratón puede responder a tres fines distintos: llegar entre los primeros lugares, mejorar una marca personal y completar la ruta, que ya es bastante meritorio. Xóchitl se ubica en esta categoría, y es justo esta idea la que lleva en mente al arrancar: ser capaz de correr más de 42 kilómetros sin detenerse. Aguantar el cansancio, aguantar el dolor, aguantar el calor húmedo, el sol de frente; aguantarse las ganas de renunciar. Mientras algunos corredores compiten por ganar las primeras posiciones, ella se concentra en encontrar el ritmo que debe mantener durante las próximas cuatro o cinco horas. 

Más de 12,000 corredores es igual a más de 12,000 rostros llenos de determinación. Sea cual sea su objetivo a cumplir, todos parecen dispuestos a llegar al límite para lograrlo. 

8:49
Para quienes corren un maratón con aspiraciones de ganar, la carrera puede transcurrir muy rápido, si se compara con lo que dura para la mayoría. Al keniata Stephen Njoroge le bastaron dos horas, 18 minutos y 36 segundos para terminar como ganador. El logro alcanza grado de proeza; incluso para quienes en este momento no han llegado ni siquiera a la mitad del recorrido, y cruzar la meta les tome tal vez cuatro horas más. Ellos no son atletas de alto rendimiento sino estudiantes, amas de casa, empresarios, trabajadores… que por alguna razón decidieron perseguir este sueño y ahora están por lograrlo. 

Gracias a una aplicación en mi celular, veo que Xóchitl acaba de superar el kilómetro 23. Si mantiene esa velocidad promedio de diez kilómetros por hora terminará en poco más de cuatro horas, un gran tiempo para ser su primera vez.

9:22
Cada dos kilómetros hay grupos de voluntarios dando agua a los corredores. Yo estoy junto al stand del kilómetro 30, donde quedé de verme con Xóchitl, cuando suena el teléfono. Es ella. Contesto preocupado ante el imprevisto. “¿Me puedes comprar una coca? –alcanza a decirme–. Estoy ahí como en cinco minutos”. Cuelga. Ups.

9:28 
Coca en mano, alcanzo a distinguir su top naranja desde lejos. Mientras avanzo hacia ella veo a una corredora con sangre en la rodilla. Imagino lo doloroso que debió de haber sido el golpe al tropezar; aun así, sigue moviendo las piernas. Xóchitl ya está a unos cuantos metros, empapada en sudor. El sol le pega de frente. Estiro el brazo con el refresco y empiezo a correr junto a ella. “¿Cómo te sientes?”. Ella me mira apenas y levanta el pulgar. “¡Vas muy bien! ¡Ánimo!”. Sonríe como puede y sigue su camino hacia el kilómetro 31.  

11:03-11:04
Tras la llegada de los primeros lugares, el ambiente en la meta se fue viniendo abajo. ¿A quién le importa la llegada del decimosegundo lugar? ¿Y la del 436? Ni hablar del 2,324. Es injusto, pues basta estar ahí, como testigo, para entender que cada quien, al cruzar la meta, conquista una victoria personal.

Después de varios minutos afinando la vista alcanzo a verla. Me alegra comprobar que su paso sigue firme y sus rodillas limpias. Aunque llevo horas admirando el esfuerzo de miles de corredores nada se compara con lo que siento al ver a mi esposa a punto de lograrlo. Seré el único que celebre junto a ella el término de los 42.195 kilómetros, después de correr durante cuatro horas y 31 minutos. Nos abrazaremos, se nos saldrán las lágrimas, le diré que estoy muy orgulloso, y aunque a nadie alrededor le importe lo que ocurra entre nosotros, será un momento de gloria... uno más entre los miles que se viven cada año en Mazatlán.








sábado, 14 de febrero de 2015

Juego perdido



Ahora sí, luego de varios intentos fallidos, de varias llamadas de no está, de parte de quién, y decir una y otra vez tu nombre con la incomodidad de mostrarte desesperado por encontrarla; ahora sí, tienes a Luisa contigo y con su sonrisa de diecinueve años platicando contenta… empiezas a advertir que demasiado contenta. Relata anécdotas, pregunta cosas y hasta te da puntos de vista, a ti, que estás más acostumbrado a darlos, sobre todo cuando se trata de alguien que no ha llegado a los veinte y va todavía a la universidad.
Ahí está, y tú también, pasando la tarde como lo hace mucha gente afanada en divertirse. Desprendida ella de su escuela, desprendido tú del trabajo cada día más abrumador, pides al mesero otro par de cervezas que llega rápido. Dices salud, porque es la cuarta y el cúmulo resulta suficiente para infundirte cierta exaltación agradable que se te debe estar notando en el gesto, tal como ves que sucede en el de ella. El alcohol empieza a darte la confianza que no tuviste cuando entraron a ese bar en el que nunca habías estado. ¿Por qué brindamos?, planteas, curioso por escuchar su respuesta. ¿Cómo que por qué? ¡Por nosotros! Y ríe. Ríes tú, satisfecho con la alianza establecida por el “nosotros” salido de sus labios, apenas un instante luego de estar pensando en todas esas veces que marcaste su número y tuviste que decir gracias, después le vuelvo a hablar.
De pronto todo se reduce al presente, a la mutua compañía de ese momento, al “por nosotros” salido de su inspiración y te sientes casi agradecido. En seguida se levanta de la silla, dice que va al baño y no puedes dejar de voltear sobre tu hombro para verla caminar mientras se aleja. Le ves las nalgas, claro, y ella lo sabe, y decide jugar: un giro repentino para descubrirte, para hacerte saber que sabe que la estás viendo. Piensas que es encantadora. Te maravilla la actitud traviesa de esa niña jugando a ser mujer… o viceversa, no alcanzas todavía a definir cuál es la forma más precisa de considerarlo.
            La conociste en un curso de cine. Todos los miércoles de julio y agosto esperabas que dieran las siete para verla aparecer por la esquina de siempre. A distancia la observabas caminar sola, con su mochila retacada a cuestas y la mirada al suelo. Semana a semana reiterabas tu indecisión por hablarle, hasta el día en que fue ella quien avanzó un poco más allá del saludo y las sonrisas de amabilidad, haciéndote plática. Algún comentario sobre una de las películas del curso, sobre un director o un estilo cualquiera de hacer cine… lo que haya sido sirvió para inyectarte el deseo de salir con ella pronto, pedirle su número de teléfono, hablarle muchas veces hasta encontrarla por fin y quedarte a muy poco de hacerle un ingenuo reclamo: te dejé dicho que me hablaras…
Y bueno, después de todo, te encuentras con ella. La conversación bien, animada. Los viajes que ha hecho y tanto ha disfrutado, los muchos más que tiene en puerta; su carrera y luego una maestría, el deseo de aprender mucho y superar esa opaca forma de vida que ve en casi toda la gente de la ciudad. Qué interesante, respondes, y sí, piensas, opaca, para volver a ti y ese debate que sostienes desde meses atrás sobre la decisión de irte o quedarte. La maestría en el extranjero, obvio, porque aquí el nivel es muy bajo, además qué aburrido. Inglaterra tal vez… o España, no sé, estoy viendo opciones… Estados Unidos no me gustaría, está mucho mejor Europa.
Salud, le dices, ¿por qué brindamos? ¿Cómo que por qué? ¡Por nosotros! Y el halago de la respuesta reverbera todavía cuando se levanta y dice que va al baño.
            Miras alrededor y notas que ya no quedan mesas vacías. El ánimo crece conforme el bar se llena. En tu reloj descubres lo rápido que puede irse el tiempo cuando se utiliza para pasarla bien. No importa, tienes toda la noche por delante para seguir disfrutando de esa compañía extraordinaria. Buscas entre recuerdos la última vez que estuviste en un lugar como éste, pero no  te es fácil encontrarla. Aquí la gente sabe divertirse, no cabe duda. “La maestría en el extranjero, obvio”. “Superar esa opaca forma de vida que ve en casi toda la gente de la ciudad”. ¿Cuántas veces, con otras personas, has platicado sobre esto, desparramando quejas y frustraciones? Ahora sí la memoria te funciona y rápido pone a tu alcance varios de esos momentos pasados.
Una carcajada a tus espaldas exige atención y volteas de inmediato. Luisa parece estar más divertida que nunca. Aún se retuerce feliz cuando llega hasta ti al lado de Mario, un compañero de clases que encontró a la salida del baño y se puso a contarle cosas. Qué tal, mucho gusto. Sí, que te vaya bien. Perdón, pero es que él siempre me hace reír muchísimo, te lo juro. Tú le crees sin necesidad de juramentos, es lo más normal del mundo, sobre todo cuando se trata de pasar el rato en un lugar como ése. Con un vistazo alrededor puede comprobarse: lo más normal.
            Oye, pero ya te toca platicar a ti. A mí no me ha parado la boca, pero, ¿tú? Me dijiste que eras escritor… ¡qué padre! Sí, soy escritor, afirmas como antes has hecho frente a otras personas. ¿Y has vendido muchos libros? ¿Estás escribiendo uno ahorita? ¿En qué te inspiras, en tu propia vida? Las preguntas se te amontonan sin que puedas contestar porque son muchas y porque persiste en tu mente la imagen de Luisa a carcajadas, que contrasta tanto con aquella otra en la que caminaba con una mochila llena de libros. Verás… no es tan fácil esto de ser escritor, te obliga a pasar mucho tiempo solo, además de no ser una buena forma de ganar dinero… te detienes al verla distraída en un nuevo diálogo con Mario, ahora a señas, de extremo a extremo en el bar. Más risas. No, pero vas a ver que te va a ir bien. Poco a poco la gente va a ir sabiendo de ti y va a comprar tus libros, yo sé que sí, vas a ver. Hay que ser optimistas. Luego ese conocido pudor que te viene con la impresión de haber estado hablando con quien no puede entenderte. Suele ocurrirte: a mitad de una conversación sientes haber dicho más de la cuenta en un idioma desconocido. Poco a poco la gente va a ir sabiendo de ti y va a comprar tus libros. Hay que ser optimistas.
¿Y si pudiera contagiarte algo de ese entusiasmo que reconoces haber tenido no hace mucho tiempo? ¿Si pudieras creer junto con ella? Un libro tuyo está por publicarse, eso está bien... Y bueno, sucede que después de tanto insistir te encuentras con ella, rodeado de gente que ríe, que se divierte…
La conociste en un curso de cine. Todos los miércoles la observabas caminando sola, con la mirada a ras del suelo, introvertida. Sin embargo... su contento, su desenfado, su despreocupación... parece que te equivocaste. Pero, ¿y si pudiera contagiarte? ¡Si pudieras creer! ¡Pero qué embrollo, carajo! ¡Resulta tan difícil! ¡Y ella tan despreocupada, tan contenta!
Empiezas a sentirlo como alarde de una seguridad que te aminora, que echa luz sobre tu flaqueza y reafirma tu condición de imbécil. Quieres defenderte, explicarle, pero qué cosa, si tú mismo no entiendes. ¿Acaso quieres convencerla de que la vida es una mierda? Te equivocaste con ella y debes aceptar una nueva derrota. Inscribir una frustración más para ese anhelo testarudo de encontrarte en alguien. Ni hablar, hombre, así es; deberías irlo asimilando. Seguro ella no necesita buscar en el cine el consuelo que tú encuentras apenas por momentos. Tampoco debe pasar tanto tiempo sola, atenta a la llamada de alguien; eres tú el único desesperado.
Y mientras oyes a Luisa darte consejos e intentar subirte el ánimo hablando de optimismo, encuentras sus palabras llenas de convicción. Tú te esfuerzas, pero no alcanzas a disimular la ansiedad, la ridícula pena que te abrasa y te impide seguir jugando como cuando tenías diecinueve años y no era difícil creer en algo, cualquier cosa,  aunque no fuera cierto… pero creer en algo.

viernes, 3 de octubre de 2014

Carácter independiente


Publicado en la revista Forbes, septiembre 2014.


Existe un rumor sobre Megan Ellison, o mejor dicho, sobre la indulgencia de su padre. Se dice que al cumplir 20 años recibió de la chequera de papá 200 millones de dólares. Otros dicen que la cantidad fue diez veces mayor. Como quiera que haya sido, el dinero para esta joven de 27 años no es color verde ni tiene la textura del papel, sino la del celuloide. Hija del multimillonario Larry Ellison, fundador del software Oracle, Megan es una de las productoras de cine más prominentes de la escena hollywoodense, y su trabajo da cuenta de que la “hijita de papá” es todo menos eso.



Con el Globo de Oro que ganó por American Hustle.


Su compañía se llama Annapurina, un nombre proveniente de una de las cordilleras del Himalaya que ella misma caminó tras desertar de la Universidad de California a los 20 años. Y aunque esto pudiera parecer un síntoma común en la juventud de Beverly Hills, la realidad sobre Ellison es diferente. Digamos que tiene un ojo especial para encontrar proyectos que, de no ser por ella, tal vez nunca verían la luz.
En 2010, su trayectoria como productora ejecutiva empezó de la mano de los hermanos Coen, con el largometraje True Grit, un western desviado de los clásicos de Paul Newman. En esta cinta una pequeña mujer busca venganza por la muerte de su padre y se encuentra envuelta entre maleantes del Lejano Oeste para terminar con una bala en las entrañas. Definitivamente no parecía una apuesta segura en esta época de musicales, superhéroes y cintas infantiles, pero Annapurina no se caracteriza por tomar proyectos seguros.
            Tras el éxito obtenido con los Coen se involucró en películas aún más controvertidas. Zero Dark Thirty, por ejemplo, no solo relata la caída de Osama Bin Laden, sino que plantea que fue una mujer quien encontró al hombre más buscado del planeta, y no un agente corpulento de la CIA o un detective reivindicado del FBI. Her, con la actuación estelar de Joaquín Phoenix (un actor poco querido por los medios), trata sobre las relaciones afectivas entre un hombre y un sistema operativo, incluyendo encuentros sexuales de tipo cibernético que no cualquiera puede presumir haber visto en la gran pantalla. El total de la inversión en ambas películas fue de 70 millones de dólares y las dos estuvieron nominadas para BAFTAs, Globos de Oro y premios Oscar.
            Mención aparte merece Springbreakers, cinta emblema de Harmony Corine, que retrata de manera cruda y escalofriante la realidad del existencialismo adolescente americano. El film incluye a cuatro actrices prototípicas de Disney recicladas en preparatorianas reales en medio de un paraíso desvirtuado. La palabra valentía no alcanza para describir lo que director, reparto y productores, necesitaron para liberar una película con tales características. Basta decir que cada top 10 del año pasado la incluye entre las mejores películas de 2013, incluyendo The New York Times.
¿Será que Megan Ellis tiene el poder del Rey Midas? Algo debe de ayudarle su trayectoria vitalicia como ciudadana californiana, pues eso le ha permitido codearse con cualquier cantidad de celebridades talentosas, como Katheryn Bigalow, Spike Jonze y Paul Thomas Anderson entre ellos. Con este último, por cierto, y a través de Annapurina, realizó The Master, un drama paralelo a los orígenes de la cienciología con actuaciones estelares del ya conocido Phoenix y el difunto Phillip Seymour Hoffman. Éste tal vez sea el único largometraje en su haber que no fue un éxito de taquilla, sin embargo, representó algunas de las mejores críticas de la carrera para los actores y el director.
En cuanto a su personalidad se sabe poco. Megan es más bien introvertida y evita dar entrevistas. Para entender mejor su personalidad tal vez solo haya que ver las películas en las que se ha involucrado: todas son inteligentes, discretas en cuanto a publicidad y mercadeo pero llenas de personalidad e intención sociopolítica. El rol de esta joven productora en esta etapa del cine norteamericano se revela como fundamental: en menos de cuatro años ya está alcanzando la meta de 200 millones de dólares invertidos en proyectos de arte a los que les ha ido bien en taquilla. Llama la atención que la cantidad coincide con la que supuestamente le dio su padre al llegar a las dos décadas de vida.
Vaya que hay mucho que agradecerle a Ellison por el hecho de arriesgarse, aunque hoy su buen gusto podría estar en entredicho: Annapurina está en la preproducción de Terminator Genisis,(Alan Taylor, 2015) y Terminator VI, proyectos que parecen distantes con respecto a sus elecciones anteriores. A la par de estas megaproducciones está Foxcatcher (Bennett Miller, 2014), historia basada en hechos reales, en la que un multimillonario esquizofrénico (encarnado por un irreconocible Steve Carell) mata sin motivo aparente a un medallista olímpico en lucha grecorromana.
¿Qué sigue en el futuro de Megan Ellison? Es difícil predecirlo, pues aún no cumple ni 30 años y ya supera en ganancias y reconocimiento a muchas productoras bien establecidas. Aun así, no parece ser el dinero ni el reconocimiento lo que ella busca, pues ambas cosas las tiene desde que nació. ¿Será por eso que tiende a alejarse de la luz para empujar proyectos desde la sombra? Lo que sea que inspire a Megan, no hay duda de que podría cambiar la historia del cine.

*Con la colaboración de Miguel Rivera

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Jaulas

Cuento publicado en Reflexiones sin remedio (ICHICULT y Conaculta, 2000).



El cuento empieza aquí, mientras un tipo corre a toda velocidad. No existe información precedente. No hay manera de saber por qué, desde cuándo, hasta dónde correrá. Eso sí: va frenético. Carece, al igual que el lector, de datos que expliquen su situación. Simplemente corre y de ello sólo puede deducir que se encuentra en aprietos. No para. Tampoco puede acelerar, va al máximo. Tal vez alguien lo esté persiguiendo. Está por mirar a sus espaldas cuando duda. Eso le restaría velocidad. Si su perseguidor se encuentra cerca podría capturarlo. Prefiere seguir mirando hacia el frente y no dar facilidades a su enemigo. Recuerda entonces aquella pesadilla en donde pasaba por una situación exactamente igual a ésta. Se concentra al máximo, intentando interrumpir su sueño, pero no gana nada. No es un sueño por lo que el tipo atraviesa. Tiene que asumir que la persecución es real, aunque no logra resignarse. Lo aborda una angustia terrible que transmite al lector, quien intenta abandonar este absurdo relato. Pero su concentración no le sirve de nada. Se descubre atrapado en una historia sin forma. No puede más que seguir leyendo a ritmo matacaballos lo que le sucede a un tipo que corre. Y que sabe que debe seguir corriendo para salvar el pellejo. Así que ahora se concentra en la firmeza de sus pasos, en la potencia de sus músculos, en el control de su respiración... está en ésas cuando advierte cierta familiaridad en el trayecto. Reconoce elementos que supone haber dejado atrás hace apenas unos instantes. Llega a su mente una imagen de sí mismo con cara de rata haciendo girar una ruleta en el afán de escapar. El lector no soporta más; se lleva manos desesperadas a los cabellos. Se los jala y los revuelve. Se apachurra la cara y encuentra unos bigotes demasiado largos para ser los suyos. El colmo. ¿Quién ha sido capaz de una broma así? Recuerda entonces aquella pesadilla en donde pasaba por una situación exactamente igual a ésta. Va a hacer un esfuerzo por abandonar el sueño, cuando da con la certeza de que no tendría sentido siquiera intentarlo: no está soñando. Tiene que asumir que los bigotes son auténticos, aunque no logra resignarse. Sabe por experiencia que no existe más alternativa que seguir leyendo la absurda historia de un tipo que corre hacia ninguna parte. Tal vez al terminar reciba un trozo de queso como recompensa, tal vez no, pero él tiene que seguir leyendo.

viernes, 22 de agosto de 2014

Julio César Chávez, a 30 años de su primer campeonato

Una versión editada de este perfil, coescrito con Aquiles Castañeda, fue publicada en la revista Life & Style, septiembre 2014.


Esa noche, como muchas en los últimos dos o tres años de su vida, Julio César Chávez había consumido demasiada cocaína y alcohol. Semanas antes, Amalia Carrasco, su ex esposa, no solo había decidido dejarlo, sino revelar a la prensa que el ídolo de México era adicto a las drogas y tenía por costumbre golpearla. Los periódicos, además, lo cuestionaban sobre supuestos nexos con los principales narcotraficantes del país, como Francisco Arellano Félix y Amado Carrillo. Por otro lado, enfrentaba una demanda contra la Secretaría de Hacienda por evasión fiscal y otra contra Arrendadora Bancomer por pagos incumplidos. No hacía mucho que su impresionante racha de 89 peleas invicto había llegado a su fin y, por si fuera poco, tenía una infección en el codo que se complicaba más de lo esperado y ponía en riesgo sus posibilidades de seguir boxeando. Con todo esto en la cabeza, y mucho más, el héroe vio el amanecer después de una noche entera sin dormir. Estaba en su residencia de Colinas de San Miguel –uno de los fraccionamientos más exclusivos de Culiacán– y se sentía terriblemente solo, emproblemado, vacío y sin motivación alguna para seguir. “Entonces dije: ‘Chingue su madre, me voy a matar’”.
 


Foto: José Luis Castillo


A lo largo de tres décadas
El próximo 13 de septiembre se cumplirán 30 años desde que Julio César conquistó su primer campeonato. Fue en la categoría Superpluma del Consejo Mundial de Boxeo (CMB), con el Grand Olympic Auditorium de Los Ángeles como escenario. Los pronósticos no estaban a su favor, pero era tal su necesidad de triunfo, que su rival, Mario “Azabache” Martínez, no pudo terminar el octavo round. “Subí al ring con todo en mi contra, pero sabía que de esa noche dependía el resto de mi vida –dice Chávez tres décadas después–. Cuando el réferi paró la pelea nadie lo podía creer”. Ese día, México vio nacer un nuevo ídolo y la historia del boxeo registró el principio de una leyenda: la del Gran Campeón Mexicano, como lo bautizaría Jimmy Lennon Jr, el más famoso anunciador del ring.
¿Qué ha ocurrido con Mr Nocaut desde aquel primer gran trancazo que dio en 1984? Con un total de 107 triunfos (86 de ellos por la vía del descontón), seis derrotas y dos empates, el boxeador más victorioso que ha dado México llegó a sumar 87 triunfos y casi catorce años sin descalabros. El sueño se empezó a resquebrajar diez años después, el 29 de enero de 1994, cuando Frankie Randall le arrebató el título Superligero del CMB con una pelea que ganó por decisión dividida. “Fue muy triste para mí”, declaró para el periódico Excélsior en una entrevista que le hicieron veinte años después de aquel episodio. Confesó no haberse preparado debidamente para el enfrentamiento. “Tomé las cosas a la ligera”, dijo, y reconoció que esa noche fue presa de sus excesos. Había aparecido la que se convertiría en la principal amenaza para su carrera.

Mi vida era subir al ring
La historia de Julio César Chávez es común a la de muchos boxeadores: parte de una familia de escasos recursos, se dedicó a vender periódicos desde niño. En la adolescencia empezó a practicar box amateur, según dice, por no soportar que su madre tuviera que lavar ropa ajena para sacar adelante a sus once hijos.
            Aunque nació en Sonora, Julio César creció en Culiacán, Sinaloa, junto con sus diez hermanos. Fue ahí donde ganó el torneo de los Guantes de Oro, su único logro como aficionado, pues, antes siquiera de cumplir los 18 años, ya se había iniciado como profesional. Pensaba, como todos, que a base de golpes vendría la oportunidad de sacar a su familia adelante. “Estaba enamorado del boxeo. Mi vida era subir al ring. Además, cada vez me pagaban mejor, así que ¿cómo no me iba a gustar?”.
            Así, los cuatrocientos pesos que ganó por su primera pelea como profesional, en 1980, se convirtieron en cuatro millones de dólares en 1992, cuando enfrentó a Héctor “Macho” Camacho en el Thomas & Mack Center de Las Vegas, Nevada (19,000 espectadores); y en siete, cuando se encontró por primera vez con Óscar de la Hoya, en 1996.
Hoy, con cinco títulos mundiales en tres divisiones de peso (Superpluma, Ligero y Superligero), el César del Boxeo, no solo sigue siendo el mexicano con más triunfos en este deporte, sino el que llegó a acumular la mayor fortuna como producto de sus peleas. Según cálculos de José Sulaimán, su patrimonio pudo haber llegado a los 80 millones de dólares. El problema, como suele suceder cuando se conjugan éxito, fama y dinero, fue que el mundo le empezó a quedar demasiado pequeño.

La cara del diablo
Los recuerdos se tropiezan al salir. Como si su memoria se negara a revivir momentos terribles, un Julio César de 52 años de edad y cuatro en recuperación, se muestra incómodo al relatar los episodios más críticos que vivió en aquella casa. Las anécdotas salen hechas pedazos, incompletas y sin un hilo conductor que encadene un hecho con otro: “Un día casi mato a mi hermano el Borrego de un balazo... estaba muy enojado. Otro día le prendí fuego a mi recámara… otro estuve a punto de darme un tiro; en esa casa veía cosas que no existen. Día tras día, se me aparecía al diablo”.  
            Sin más compañía que la de su personal doméstico y tras una noche de excesos, el campeón mundial llegó a pensar que no tenía sentido vivir. Empuñando una pistola se abrió camino entre sus empleados para salir al patio, donde llevó el cañón a la sien y presionó el gatillo. Por fortuna –habrá quien diga “milagro”–, el mecanismo del arma se trabó y la detonación no se produjo ni en ese ni en un segundo intento. El boxeador hizo lo que pudo por corregir el desperfecto, apuntó nuevamente hacia su cabeza y, antes de disparar por tercera ocasión, llegó el manotazo de uno de sus trabajadores. La bala sí salió entonces, pero no destrozó su cerebro; en vez de eso, fue a incrustarse en el tronco de un árbol.

Colinas de San Miguel, abril 2014
El ex campeón supervisa minuciosamente las obras de remodelación. Su gesto refleja alegría, porque convertir su casa en centro de rehabilitación lo entusiasma, pero también nostalgia pues la transformación del inmueble lo hace conectar con muchos recuerdos. “Si esta casa hablara contaría momentos muy bonitos de mi vida, pero también diría cosas horribles –dice con voz temblorosa–. Lo bueno es que, al final, el destino quiso que este lugar se transformara en algo bueno y eso es con lo que me quiero quedar”.
            Recuerda cuando las calles alrededor se llenaban de gente celebrando con él sus triunfos o, incluso, en los pocos casos en que llegó a ocurrir, demostrarle su apoyo ante la derrota. “Era muy bonito ver a miles de personas afuera de mi casa gritando mi nombre. Es algo que jamás voy a olvidar ni dejaré de agradecer”.
Cientos de reconocimientos, fotografías y pinturas abundan todavía por aquí, dando cuenta de las hazañas del Gran Campeón Mexicano. Entre miles de imágenes destacan las fotos donde aparece con el ex presidente Carlos Salinas de Gortari. “¿Fue tu amigo?”. “No, Salinas no fue mi amigo… sigue siendo amigo mío”. Y agrega: “Cuando estás en la cúspide todos se quieren juntar contigo. Así conocí a muchos políticos y gente famosa. Hoy solo tengo relación con los que se quedaron después de todo lo bueno y lo malo que viví. Carlos Salinas de Gortari es uno de ellos”.

Epílogo
La casa donde Julio César Chávez pudo haber muerto hace casi veinte años se ha convertido en un sitio para generar armonía y tranquilidad; para darle esperanza a quien se ha vuelto presa de sus adicciones.
            Después de dos reincidencias, el boxeador inició en agosto de 2010 un nuevo –y espera que definitivo– proceso de rehabilitación. Hoy, además de llevar cuatro años ganando la pelea más difícil de su vida, ha inaugurado Baja del Sol, un centro de rehabilitación con sucursales en Tijuana y en Culiacán, justo donde fue su casa y donde vivió los mejores y los peores momentos de su vida. “Tuve todo lo que un ser humano quisiera tener y no me llenó. Ahora me llena que mis hijos estén bien. Tener salud, estar tranquilo y seguir contando con el cariño de la gente. Me llena ayudar a quienes lo necesitan, porque sé lo que se siente. Es una gran satisfacción ver cómo llegan las familias destrozadas, como llegué yo, y luego verlas salir como si hubieran vuelto a nacer”.
 

jueves, 19 de junio de 2014

Desde la media cancha





…sale un pase que parece llevar buena puntería. El delantero mexicano acelera el paso sin apartar la vista del balón. Presume que logrará estar en el lugar y en el momento justo para bajar la bola con el pecho, controlarla y mandarla a la red. Junto a él, pegado como sanguijuela, corre también el defensivo brasileño…  no, más bien de Estados Unidos. Aunque el Estadio Azteca está lleno a tope, y la posibilidad de que México le anote el gol del gane a los gringos tenga al público vuelto loco, el atacante no escucha más que silencio. Dicen que eso sólo pueden hacerlo unos cuantos: no oír el ruido y ver todo como si estuviera pasando en cámara lenta, por eso son capaces de tomar la decisión correcta en segundos; por eso son los mejores.
El goleador consigue su primer objetivo y llega al balón, le mete el pecho, y lo hace tan bien, que la pelota queda en el lugar preciso para hacer un quiebre que saca de balance al defensa. Se perfila hacia el arco rival, levanta la vista y ve al portero, que tiene los ojos de plato clavados en el esférico. Avanza un poco más, se mete al área, aguanta el tiro esperando que el arquero se venza, esquiva una barrida del gringo (que falla en su último esfuerzo por detener el ataque) y decide disparar un tiro cruzado a media altura, así que planta bien la pierna izquierda, gira el cuerpo y saca un potente derechazo. El portero reacciona de inmediato, se lanza, pero no alcanza el balón, que sigue su trayectoria hasta impactarse en la parte interna del poste y rebotar hacia adentro de la portería. “¡Goooooooool!”, grita el estadio entero. El estruendo de cien mil gargantas rompe el silencio y el tiempo vuelve a su ritmo habitual. Una poderosa descarga de adrenalina cae sobre Lalo y lo hace correr a toda velocidad. Está en shock y no será hasta que sus compañeros de equipo lo zarandeen y le brinquen encima cuando empiece, poco a poco, a volver en sí. Entonces tomará conciencia de que su gol cayó en los últimos segundos del partido, de que el tiempo ya no dio para que la pelota fuera otra vez a la media cancha y, por lo tanto, el marcador final es 2-1 a favor de México. Increíble pero cierto: ¡2-1 favor México!, que por primera vez en la historia se corona campeón, gracias a ese gol de último momento.
Lalo tiene nueve años y una imaginación obsesionada con transportarlo cada rato a una cancha de futbol (su favorita es la del Estadio Azteca) para meterle goles a Alemania, a Brasil, a Estados Unidos o a cualquier otro país de los que sabe que existen… claro, siempre vistiendo el uniforme de la selección. Esto puede ocurrir en cualquier momento del día: durante la clase de matemáticas, los domingos en misa, cuando tiene que ir con sus papás; o cuando ya se va a dormir. Hace unos días, por ejemplo, tuvo mucho tiempo para imaginar que metía todo tipo de goles: remates de cabeza, chilenas, tiros libres y hasta uno que metió luego de burlarse como a siete, incluyendo al portero. Así al menos no fue tan aburrido el viaje de cinco horas que lo llevó de Guadalajara a la ciudad de México; ni tan triste, porque lo que él menos quería era irse a vivir para allá. En Guadalajara tenía amigos… no muchos, pero suficientes. En cambio en México no conocía a nadie y no iba a tener con quién juntarse.
El primer día de clases en su nueva escuela no quería ni levantarse de la cama. Le dijo a su mamá que le dolía el estómago, y era cierto, pero ella pensó que era un pretexto para quedarse en casa y lo mandó a la regadera antes de que se hiciera tarde. Ni modo, sólo tiene nueve años y a esa edad no queda más que obedecer a los papás, así que fue a la escuela con todo y punzadas en las tripas.
El dolor iba y venía por ratos mientras estaba en el salón. A las 11:30 sonó el timbre para salir al recreo y todavía sentía molestias, pero apenas unos minutos después, cuando la maestra dijo que podían salir y escuchó a unos niños ponerse de acuerdo para ir a las canchas de fut, el dolor desapareció de súbito. La escuela a la que iba antes, en Guadalajara, no tenía canchas, así que… podría no estar tan mal el cambio, después de todo. Salió del salón corriendo junto con todos y llegó a las canchas siguiendo a los demás. Eran de pura tierra, pero estaban bien.
Lalo vio que todos se fueron acomodando en un lado u otro de la cancha y entendió que los equipos estaban formados desde antes. Entonces empezó a temer que nadie lo invitara a jugar. ¿Pues qué no se habían dado cuenta de que él estaba ahí para eso? Minutos después arrancó el partido y él tuvo la impresión de que en todo ese tiempo nadie siquiera lo había volteado a ver. “Aquí los niños son bien sangrones”, pensó, y nuevamente sintió que le dolía la panza. No sabía si irse o quedarse… a fin de cuentas no tenía nada mejor que hacer, cuando vio que el balón se aproximaba a él, resultado de un despeje sin tino del portero. Instintivamente se preparó para detenerlo y regresarlo a la cancha. No era nada más que eso: pasarles la bola a sus compañeros de clase para que continuaran con el juego, pero en el fondo sintió que ese hecho fortuito podía significar algo más: sería al menos un motivo para que lo voltearan a ver y lo tomaran en cuenta para otro partido. “¡Bola!”, gritó uno de los jugadores, a quien Lalo reconoció como el niño que hacía un rato, en el salón, estaba sentado junto a él. Dio unos cuantos pasos para encontrarse con la pelota, la detuvo con el pie, alzó la mirada para verificar la posición de quien le habló y chutó hacia él… o bueno, no exactamente… porque, aunque esa fue su intención, la bola terminó en otro lado muy distinto y uno de los niños que estaban jugando tuvo que ir por ella hasta bien lejos. Lalo sintió tanta pena de haberle pegado tan chueco a la pelota cuando todos lo estaban viendo, que prefirió regresar al salón, no sin antes oír varias risas de burla y dos o tres quejas insultantes. Esa noche, ya acostado en su cama, no quiso hacerle caso a su imaginación y se quedó dormido pensando en su casa de Guadalajara.
Al día siguiente Lalo amaneció otra vez con dolor en la panza, pero no le dijo a su mamá porque sabía que no iba a servir de nada. Se metió a bañar, desayunó, se alistó para salir, llegó a la escuela y durante todo ese tiempo no dejó de pensar en si debía ir o no a las canchas en la hora del recreo. Cuando sonó el timbre todos salieron corriendo menos él, que se quedó sentado en su lugar, todavía dudoso. Permaneció ahí un minuto, tal vez dos, y luego se desesperó porque estar ahí era muy aburrido, así que se salió del salón. Empezó a caminar rumbo a las canchas muy despacio, como yendo sin querer. Llegó al mismo lugar en el que un día antes hizo el ridículo de patear el balón hacia quién sabe dónde y desde ahí se puso a ver el partido.
Quien sigue esta historia tal vez piense que Lalo volvió a “la escena del crimen” para retar al destino, esperando un nuevo pelotazo y con él la oportunidad de regresar el balón con un buen tiro para sacarse la espina; y sí, lo más probable es que, consciente o inconscientemente, ésa haya sido su intención. Sin embargo, el destino tenía planeada otra cosa para él. No habían pasado ni diez minutos de partido cuando Memo cayó al suelo aparatosamente. Dos niños de su equipo se acercaron a ver qué le había pasado. Memo no podía levantarse. “Me doblé bien gacho el tobillo”, dijo con una mueca en la cara, aguantando apenas las ganas de llorar. “Ni le llegó nadie, se cayó por menso”, dijo uno del equipo contrario. A Memo no le cayó en gracia que le dijeran menso, pero con tanto dolor que sentía ya ni dijo nada. Prefirió salirse de la cancha dando saltos en un pie, y sentarse por ahí a esperar que se le quitara el dolor. Bueno, pero ¿mientras? Si Memo no podía seguir jugando quedarían cinco contra cuatro. “Que entre el nuevo”,  gritó uno. “¡Ni maiz, es patachueca!”, gritó otro. Lalo veía todo desde lejos sin saber qué hacer. El dilema quedó resuelto cuando al portero del equipo que se quedó con cuatro se le ocurrió decir. “Que se ponga de portero, yo juego de medio”. Aunque algunos todavía tenían cara de duda y no acababan de convencerse, terminaron por aceptar al darse cuenta de que no había mejor opción. Al menos que hiciera bulto en la portería… si les daban una paliza ya ni modo. “¿Cómo te llamas?”, le preguntó quien le heredaría el puesto. “Lalo, ¿y tú?”. “Yo Ricky… ¿entonces qué? ¿Sí te pones?”. Lalo le dijo que sí y pegó una carrera para ocupar su posición. En Guadalajara nunca había jugado de portero pero eso qué, más valía jugar de lo que fuera en vez de seguir viendo el partido desde afuera.
En cuanto el juego se reanudó empezaron las amenazas sobre su portería. Primero tuvo que parar un tiro que, aunque iba casi a las manos, llevaba mucho cañón. El pelotazo le dolió, y bastante, pero él reaccionó como si nada para que su equipo viera que aguantaba. Poco después vino una jugada en la que se tuvo que barrer para quitarle la bola al delantero, que ya había burlado al último defensa e iba solo para tirar. Lo atacó de frente, sin miedo a que le dieran una patada en la cara. “¡Bien, Lalo!”, celebraron sus compañeros. Inexplicablemente hasta para él mismo, estaba jugando como si tuviera años siendo portero y sus compañeros lo felicitaban cada vez con más vehemencia por cada buena jugada que hacía bajo los postes. Lo malo era que la pelota ya llevaba mucho tiempo estando en un solo lado de la cancha y, si no fuera por sus intervenciones, ya estarían perdiendo el partido. Por eso, en cuanto tuvo  nuevamente el balón en sus manos, le pidió a todo el equipo que subiera. Iba a despejar lo más lejos posible, a ver si alguien de los suyos ganaba la bola y tenía alguna oportunidad de meter gol. Como a esas alturas ya se había ganado cierto respeto en el equipo, todos le hicieron caso sin repelar. Lalo botó dos veces el balón contra el suelo y luego miró hacia el frente, en donde encontró a Ricky, el niño que tuvo la idea de que él entrara de portero. Agarró suficiente vuelo como para llegarla hasta donde él estaba y pateó tan fuerte como pudo. La pelota voló alto, pero no hubiera llegado muy lejos de no ser por un defensa con mal tino que, queriendo rechazar con la cabeza, terminó mandándola hacia atrás de un espaldarazo, justo en donde Ricky estaba listo para tirar a gol. Lalo corrió desde su propia portería para chocarla con todos; iba contento porque parecía que con ese gol iban a ganar el juego, pero más porque sabía que ahora sí sus compañeros lo iban a tomar en cuenta cuando fueran a jugar futbol. El timbre que ponía fin al recreo y al partido sonó apenas unos minutos después.

En el Estadio Azteca todo mundo se come las uñas de los nervios. México y Estados Unidos se disputan el campeonato mundial en un partido que no podría ser más reñido ni más emocionante. Hace un rato, al concluir el segundo tiempo extra, mucha gente pensó que el sueño había llegado a su fin: México no sabe ganar en penales. Sin embargo, el curso de la historia podría cambiar en este momento. Los cinco  primeros tiradores mexicanos han conseguido el tanto; Estados Unidos debe meter el quinto para mantenerse con vida y llevar la disputa a una nueva tanda de pénaltis. La decisión recae en London Donovan, el más certero de los delanteros norteamericanos. Todo el estadio está contra él. La rechifla es un zumbido que ensordece pero él da la impresión de ser inquebrantable. Su cara refleja una seguridad y una determinación a prueba de cualquier cosa. La bola está puesta sobre el manchón del área. El delantero observa la portería, la mide mientras espera el silbatazo del árbitro. “¿Qué vas a querer cenar, mi amor?”. El portero le dice a su mamá que un sándwich y vuelve rápido a lo suyo. El estadio y todos sus decibles de alboroto se han convertido en silencio; el tiempo ha frenado su ritmo y transcurre despacio. El árbitro da la señal. Donovan inicia su carrera hacia el balón. Lalo busca su mirada y encuentra en sus ojos la información que necesita. Sabe que el tiro va a venir por abajo, hacia su izquierda. Lalo se anticipa, vuela, tiene consigo la absoluta confianza de que va a llegar a esa pelota. “¿De jamón o de salchicha?”, alcanza a oír a su mamá, pero a Lalo eso le importa un rábano; gracias a él México está a punto de coronarse campeón.