viernes, 22 de agosto de 2014

Julio César Chávez, a 30 años de su primer campeonato

Una versión editada de este perfil, coescrito con Aquiles Castañeda, fue publicada en la revista Life & Style, septiembre 2014.


Esa noche, como muchas en los últimos dos o tres años de su vida, Julio César Chávez había consumido demasiada cocaína y alcohol. Semanas antes, Amalia Carrasco, su ex esposa, no solo había decidido dejarlo, sino revelar a la prensa que el ídolo de México era adicto a las drogas y tenía por costumbre golpearla. Los periódicos, además, lo cuestionaban sobre supuestos nexos con los principales narcotraficantes del país, como Francisco Arellano Félix y Amado Carrillo. Por otro lado, enfrentaba una demanda contra la Secretaría de Hacienda por evasión fiscal y otra contra Arrendadora Bancomer por pagos incumplidos. No hacía mucho que su impresionante racha de 89 peleas invicto había llegado a su fin y, por si fuera poco, tenía una infección en el codo que se complicaba más de lo esperado y ponía en riesgo sus posibilidades de seguir boxeando. Con todo esto en la cabeza, y mucho más, el héroe vio el amanecer después de una noche entera sin dormir. Estaba en su residencia de Colinas de San Miguel –uno de los fraccionamientos más exclusivos de Culiacán– y se sentía terriblemente solo, emproblemado, vacío y sin motivación alguna para seguir. “Entonces dije: ‘Chingue su madre, me voy a matar’”.
 


Foto: José Luis Castillo


A lo largo de tres décadas
El próximo 13 de septiembre se cumplirán 30 años desde que Julio César conquistó su primer campeonato. Fue en la categoría Superpluma del Consejo Mundial de Boxeo (CMB), con el Grand Olympic Auditorium de Los Ángeles como escenario. Los pronósticos no estaban a su favor, pero era tal su necesidad de triunfo, que su rival, Mario “Azabache” Martínez, no pudo terminar el octavo round. “Subí al ring con todo en mi contra, pero sabía que de esa noche dependía el resto de mi vida –dice Chávez tres décadas después–. Cuando el réferi paró la pelea nadie lo podía creer”. Ese día, México vio nacer un nuevo ídolo y la historia del boxeo registró el principio de una leyenda: la del Gran Campeón Mexicano, como lo bautizaría Jimmy Lennon Jr, el más famoso anunciador del ring.
¿Qué ha ocurrido con Mr Nocaut desde aquel primer gran trancazo que dio en 1984? Con un total de 107 triunfos (86 de ellos por la vía del descontón), seis derrotas y dos empates, el boxeador más victorioso que ha dado México llegó a sumar 87 triunfos y casi catorce años sin descalabros. El sueño se empezó a resquebrajar diez años después, el 29 de enero de 1994, cuando Frankie Randall le arrebató el título Superligero del CMB con una pelea que ganó por decisión dividida. “Fue muy triste para mí”, declaró para el periódico Excélsior en una entrevista que le hicieron veinte años después de aquel episodio. Confesó no haberse preparado debidamente para el enfrentamiento. “Tomé las cosas a la ligera”, dijo, y reconoció que esa noche fue presa de sus excesos. Había aparecido la que se convertiría en la principal amenaza para su carrera.

Mi vida era subir al ring
La historia de Julio César Chávez es común a la de muchos boxeadores: parte de una familia de escasos recursos, se dedicó a vender periódicos desde niño. En la adolescencia empezó a practicar box amateur, según dice, por no soportar que su madre tuviera que lavar ropa ajena para sacar adelante a sus once hijos.
            Aunque nació en Sonora, Julio César creció en Culiacán, Sinaloa, junto con sus diez hermanos. Fue ahí donde ganó el torneo de los Guantes de Oro, su único logro como aficionado, pues, antes siquiera de cumplir los 18 años, ya se había iniciado como profesional. Pensaba, como todos, que a base de golpes vendría la oportunidad de sacar a su familia adelante. “Estaba enamorado del boxeo. Mi vida era subir al ring. Además, cada vez me pagaban mejor, así que ¿cómo no me iba a gustar?”.
            Así, los cuatrocientos pesos que ganó por su primera pelea como profesional, en 1980, se convirtieron en cuatro millones de dólares en 1992, cuando enfrentó a Héctor “Macho” Camacho en el Thomas & Mack Center de Las Vegas, Nevada (19,000 espectadores); y en siete, cuando se encontró por primera vez con Óscar de la Hoya, en 1996.
Hoy, con cinco títulos mundiales en tres divisiones de peso (Superpluma, Ligero y Superligero), el César del Boxeo, no solo sigue siendo el mexicano con más triunfos en este deporte, sino el que llegó a acumular la mayor fortuna como producto de sus peleas. Según cálculos de José Sulaimán, su patrimonio pudo haber llegado a los 80 millones de dólares. El problema, como suele suceder cuando se conjugan éxito, fama y dinero, fue que el mundo le empezó a quedar demasiado pequeño.

La cara del diablo
Los recuerdos se tropiezan al salir. Como si su memoria se negara a revivir momentos terribles, un Julio César de 52 años de edad y cuatro en recuperación, se muestra incómodo al relatar los episodios más críticos que vivió en aquella casa. Las anécdotas salen hechas pedazos, incompletas y sin un hilo conductor que encadene un hecho con otro: “Un día casi mato a mi hermano el Borrego de un balazo... estaba muy enojado. Otro día le prendí fuego a mi recámara… otro estuve a punto de darme un tiro; en esa casa veía cosas que no existen. Día tras día, se me aparecía al diablo”.  
            Sin más compañía que la de su personal doméstico y tras una noche de excesos, el campeón mundial llegó a pensar que no tenía sentido vivir. Empuñando una pistola se abrió camino entre sus empleados para salir al patio, donde llevó el cañón a la sien y presionó el gatillo. Por fortuna –habrá quien diga “milagro”–, el mecanismo del arma se trabó y la detonación no se produjo ni en ese ni en un segundo intento. El boxeador hizo lo que pudo por corregir el desperfecto, apuntó nuevamente hacia su cabeza y, antes de disparar por tercera ocasión, llegó el manotazo de uno de sus trabajadores. La bala sí salió entonces, pero no destrozó su cerebro; en vez de eso, fue a incrustarse en el tronco de un árbol.

Colinas de San Miguel, abril 2014
El ex campeón supervisa minuciosamente las obras de remodelación. Su gesto refleja alegría, porque convertir su casa en centro de rehabilitación lo entusiasma, pero también nostalgia pues la transformación del inmueble lo hace conectar con muchos recuerdos. “Si esta casa hablara contaría momentos muy bonitos de mi vida, pero también diría cosas horribles –dice con voz temblorosa–. Lo bueno es que, al final, el destino quiso que este lugar se transformara en algo bueno y eso es con lo que me quiero quedar”.
            Recuerda cuando las calles alrededor se llenaban de gente celebrando con él sus triunfos o, incluso, en los pocos casos en que llegó a ocurrir, demostrarle su apoyo ante la derrota. “Era muy bonito ver a miles de personas afuera de mi casa gritando mi nombre. Es algo que jamás voy a olvidar ni dejaré de agradecer”.
Cientos de reconocimientos, fotografías y pinturas abundan todavía por aquí, dando cuenta de las hazañas del Gran Campeón Mexicano. Entre miles de imágenes destacan las fotos donde aparece con el ex presidente Carlos Salinas de Gortari. “¿Fue tu amigo?”. “No, Salinas no fue mi amigo… sigue siendo amigo mío”. Y agrega: “Cuando estás en la cúspide todos se quieren juntar contigo. Así conocí a muchos políticos y gente famosa. Hoy solo tengo relación con los que se quedaron después de todo lo bueno y lo malo que viví. Carlos Salinas de Gortari es uno de ellos”.

Epílogo
La casa donde Julio César Chávez pudo haber muerto hace casi veinte años se ha convertido en un sitio para generar armonía y tranquilidad; para darle esperanza a quien se ha vuelto presa de sus adicciones.
            Después de dos reincidencias, el boxeador inició en agosto de 2010 un nuevo –y espera que definitivo– proceso de rehabilitación. Hoy, además de llevar cuatro años ganando la pelea más difícil de su vida, ha inaugurado Baja del Sol, un centro de rehabilitación con sucursales en Tijuana y en Culiacán, justo donde fue su casa y donde vivió los mejores y los peores momentos de su vida. “Tuve todo lo que un ser humano quisiera tener y no me llenó. Ahora me llena que mis hijos estén bien. Tener salud, estar tranquilo y seguir contando con el cariño de la gente. Me llena ayudar a quienes lo necesitan, porque sé lo que se siente. Es una gran satisfacción ver cómo llegan las familias destrozadas, como llegué yo, y luego verlas salir como si hubieran vuelto a nacer”.
 

jueves, 19 de junio de 2014

Desde la media cancha





…sale un pase que parece llevar buena puntería. El delantero mexicano acelera el paso sin apartar la vista del balón. Presume que logrará estar en el lugar y en el momento justo para bajar la bola con el pecho, controlarla y mandarla a la red. Junto a él, pegado como sanguijuela, corre también el defensivo brasileño…  no, más bien de Estados Unidos. Aunque el Estadio Azteca está lleno a tope, y la posibilidad de que México le anote el gol del gane a los gringos tenga al público vuelto loco, el atacante no escucha más que silencio. Dicen que eso sólo pueden hacerlo unos cuantos: no oír el ruido y ver todo como si estuviera pasando en cámara lenta, por eso son capaces de tomar la decisión correcta en segundos; por eso son los mejores.
El goleador consigue su primer objetivo y llega al balón, le mete el pecho, y lo hace tan bien, que la pelota queda en el lugar preciso para hacer un quiebre que saca de balance al defensa. Se perfila hacia el arco rival, levanta la vista y ve al portero, que tiene los ojos de plato clavados en el esférico. Avanza un poco más, se mete al área, aguanta el tiro esperando que el arquero se venza, esquiva una barrida del gringo (que falla en su último esfuerzo por detener el ataque) y decide disparar un tiro cruzado a media altura, así que planta bien la pierna izquierda, gira el cuerpo y saca un potente derechazo. El portero reacciona de inmediato, se lanza, pero no alcanza el balón, que sigue su trayectoria hasta impactarse en la parte interna del poste y rebotar hacia adentro de la portería. “¡Goooooooool!”, grita el estadio entero. El estruendo de cien mil gargantas rompe el silencio y el tiempo vuelve a su ritmo habitual. Una poderosa descarga de adrenalina cae sobre Lalo y lo hace correr a toda velocidad. Está en shock y no será hasta que sus compañeros de equipo lo zarandeen y le brinquen encima cuando empiece, poco a poco, a volver en sí. Entonces tomará conciencia de que su gol cayó en los últimos segundos del partido, de que el tiempo ya no dio para que la pelota fuera otra vez a la media cancha y, por lo tanto, el marcador final es 2-1 a favor de México. Increíble pero cierto: ¡2-1 favor México!, que por primera vez en la historia se corona campeón, gracias a ese gol de último momento.
Lalo tiene nueve años y una imaginación obsesionada con transportarlo cada rato a una cancha de futbol (su favorita es la del Estadio Azteca) para meterle goles a Alemania, a Brasil, a Estados Unidos o a cualquier otro país de los que sabe que existen… claro, siempre vistiendo el uniforme de la selección. Esto puede ocurrir en cualquier momento del día: durante la clase de matemáticas, los domingos en misa, cuando tiene que ir con sus papás; o cuando ya se va a dormir. Hace unos días, por ejemplo, tuvo mucho tiempo para imaginar que metía todo tipo de goles: remates de cabeza, chilenas, tiros libres y hasta uno que metió luego de burlarse como a siete, incluyendo al portero. Así al menos no fue tan aburrido el viaje de cinco horas que lo llevó de Guadalajara a la ciudad de México; ni tan triste, porque lo que él menos quería era irse a vivir para allá. En Guadalajara tenía amigos… no muchos, pero suficientes. En cambio en México no conocía a nadie y no iba a tener con quién juntarse.
El primer día de clases en su nueva escuela no quería ni levantarse de la cama. Le dijo a su mamá que le dolía el estómago, y era cierto, pero ella pensó que era un pretexto para quedarse en casa y lo mandó a la regadera antes de que se hiciera tarde. Ni modo, sólo tiene nueve años y a esa edad no queda más que obedecer a los papás, así que fue a la escuela con todo y punzadas en las tripas.
El dolor iba y venía por ratos mientras estaba en el salón. A las 11:30 sonó el timbre para salir al recreo y todavía sentía molestias, pero apenas unos minutos después, cuando la maestra dijo que podían salir y escuchó a unos niños ponerse de acuerdo para ir a las canchas de fut, el dolor desapareció de súbito. La escuela a la que iba antes, en Guadalajara, no tenía canchas, así que… podría no estar tan mal el cambio, después de todo. Salió del salón corriendo junto con todos y llegó a las canchas siguiendo a los demás. Eran de pura tierra, pero estaban bien.
Lalo vio que todos se fueron acomodando en un lado u otro de la cancha y entendió que los equipos estaban formados desde antes. Entonces empezó a temer que nadie lo invitara a jugar. ¿Pues qué no se habían dado cuenta de que él estaba ahí para eso? Minutos después arrancó el partido y él tuvo la impresión de que en todo ese tiempo nadie siquiera lo había volteado a ver. “Aquí los niños son bien sangrones”, pensó, y nuevamente sintió que le dolía la panza. No sabía si irse o quedarse… a fin de cuentas no tenía nada mejor que hacer, cuando vio que el balón se aproximaba a él, resultado de un despeje sin tino del portero. Instintivamente se preparó para detenerlo y regresarlo a la cancha. No era nada más que eso: pasarles la bola a sus compañeros de clase para que continuaran con el juego, pero en el fondo sintió que ese hecho fortuito podía significar algo más: sería al menos un motivo para que lo voltearan a ver y lo tomaran en cuenta para otro partido. “¡Bola!”, gritó uno de los jugadores, a quien Lalo reconoció como el niño que hacía un rato, en el salón, estaba sentado junto a él. Dio unos cuantos pasos para encontrarse con la pelota, la detuvo con el pie, alzó la mirada para verificar la posición de quien le habló y chutó hacia él… o bueno, no exactamente… porque, aunque esa fue su intención, la bola terminó en otro lado muy distinto y uno de los niños que estaban jugando tuvo que ir por ella hasta bien lejos. Lalo sintió tanta pena de haberle pegado tan chueco a la pelota cuando todos lo estaban viendo, que prefirió regresar al salón, no sin antes oír varias risas de burla y dos o tres quejas insultantes. Esa noche, ya acostado en su cama, no quiso hacerle caso a su imaginación y se quedó dormido pensando en su casa de Guadalajara.
Al día siguiente Lalo amaneció otra vez con dolor en la panza, pero no le dijo a su mamá porque sabía que no iba a servir de nada. Se metió a bañar, desayunó, se alistó para salir, llegó a la escuela y durante todo ese tiempo no dejó de pensar en si debía ir o no a las canchas en la hora del recreo. Cuando sonó el timbre todos salieron corriendo menos él, que se quedó sentado en su lugar, todavía dudoso. Permaneció ahí un minuto, tal vez dos, y luego se desesperó porque estar ahí era muy aburrido, así que se salió del salón. Empezó a caminar rumbo a las canchas muy despacio, como yendo sin querer. Llegó al mismo lugar en el que un día antes hizo el ridículo de patear el balón hacia quién sabe dónde y desde ahí se puso a ver el partido.
Quien sigue esta historia tal vez piense que Lalo volvió a “la escena del crimen” para retar al destino, esperando un nuevo pelotazo y con él la oportunidad de regresar el balón con un buen tiro para sacarse la espina; y sí, lo más probable es que, consciente o inconscientemente, ésa haya sido su intención. Sin embargo, el destino tenía planeada otra cosa para él. No habían pasado ni diez minutos de partido cuando Memo cayó al suelo aparatosamente. Dos niños de su equipo se acercaron a ver qué le había pasado. Memo no podía levantarse. “Me doblé bien gacho el tobillo”, dijo con una mueca en la cara, aguantando apenas las ganas de llorar. “Ni le llegó nadie, se cayó por menso”, dijo uno del equipo contrario. A Memo no le cayó en gracia que le dijeran menso, pero con tanto dolor que sentía ya ni dijo nada. Prefirió salirse de la cancha dando saltos en un pie, y sentarse por ahí a esperar que se le quitara el dolor. Bueno, pero ¿mientras? Si Memo no podía seguir jugando quedarían cinco contra cuatro. “Que entre el nuevo”,  gritó uno. “¡Ni maiz, es patachueca!”, gritó otro. Lalo veía todo desde lejos sin saber qué hacer. El dilema quedó resuelto cuando al portero del equipo que se quedó con cuatro se le ocurrió decir. “Que se ponga de portero, yo juego de medio”. Aunque algunos todavía tenían cara de duda y no acababan de convencerse, terminaron por aceptar al darse cuenta de que no había mejor opción. Al menos que hiciera bulto en la portería… si les daban una paliza ya ni modo. “¿Cómo te llamas?”, le preguntó quien le heredaría el puesto. “Lalo, ¿y tú?”. “Yo Ricky… ¿entonces qué? ¿Sí te pones?”. Lalo le dijo que sí y pegó una carrera para ocupar su posición. En Guadalajara nunca había jugado de portero pero eso qué, más valía jugar de lo que fuera en vez de seguir viendo el partido desde afuera.
En cuanto el juego se reanudó empezaron las amenazas sobre su portería. Primero tuvo que parar un tiro que, aunque iba casi a las manos, llevaba mucho cañón. El pelotazo le dolió, y bastante, pero él reaccionó como si nada para que su equipo viera que aguantaba. Poco después vino una jugada en la que se tuvo que barrer para quitarle la bola al delantero, que ya había burlado al último defensa e iba solo para tirar. Lo atacó de frente, sin miedo a que le dieran una patada en la cara. “¡Bien, Lalo!”, celebraron sus compañeros. Inexplicablemente hasta para él mismo, estaba jugando como si tuviera años siendo portero y sus compañeros lo felicitaban cada vez con más vehemencia por cada buena jugada que hacía bajo los postes. Lo malo era que la pelota ya llevaba mucho tiempo estando en un solo lado de la cancha y, si no fuera por sus intervenciones, ya estarían perdiendo el partido. Por eso, en cuanto tuvo  nuevamente el balón en sus manos, le pidió a todo el equipo que subiera. Iba a despejar lo más lejos posible, a ver si alguien de los suyos ganaba la bola y tenía alguna oportunidad de meter gol. Como a esas alturas ya se había ganado cierto respeto en el equipo, todos le hicieron caso sin repelar. Lalo botó dos veces el balón contra el suelo y luego miró hacia el frente, en donde encontró a Ricky, el niño que tuvo la idea de que él entrara de portero. Agarró suficiente vuelo como para llegarla hasta donde él estaba y pateó tan fuerte como pudo. La pelota voló alto, pero no hubiera llegado muy lejos de no ser por un defensa con mal tino que, queriendo rechazar con la cabeza, terminó mandándola hacia atrás de un espaldarazo, justo en donde Ricky estaba listo para tirar a gol. Lalo corrió desde su propia portería para chocarla con todos; iba contento porque parecía que con ese gol iban a ganar el juego, pero más porque sabía que ahora sí sus compañeros lo iban a tomar en cuenta cuando fueran a jugar futbol. El timbre que ponía fin al recreo y al partido sonó apenas unos minutos después.

En el Estadio Azteca todo mundo se come las uñas de los nervios. México y Estados Unidos se disputan el campeonato mundial en un partido que no podría ser más reñido ni más emocionante. Hace un rato, al concluir el segundo tiempo extra, mucha gente pensó que el sueño había llegado a su fin: México no sabe ganar en penales. Sin embargo, el curso de la historia podría cambiar en este momento. Los cinco  primeros tiradores mexicanos han conseguido el tanto; Estados Unidos debe meter el quinto para mantenerse con vida y llevar la disputa a una nueva tanda de pénaltis. La decisión recae en London Donovan, el más certero de los delanteros norteamericanos. Todo el estadio está contra él. La rechifla es un zumbido que ensordece pero él da la impresión de ser inquebrantable. Su cara refleja una seguridad y una determinación a prueba de cualquier cosa. La bola está puesta sobre el manchón del área. El delantero observa la portería, la mide mientras espera el silbatazo del árbitro. “¿Qué vas a querer cenar, mi amor?”. El portero le dice a su mamá que un sándwich y vuelve rápido a lo suyo. El estadio y todos sus decibles de alboroto se han convertido en silencio; el tiempo ha frenado su ritmo y transcurre despacio. El árbitro da la señal. Donovan inicia su carrera hacia el balón. Lalo busca su mirada y encuentra en sus ojos la información que necesita. Sabe que el tiro va a venir por abajo, hacia su izquierda. Lalo se anticipa, vuela, tiene consigo la absoluta confianza de que va a llegar a esa pelota. “¿De jamón o de salchicha?”, alcanza a oír a su mamá, pero a Lalo eso le importa un rábano; gracias a él México está a punto de coronarse campeón.

  

lunes, 5 de mayo de 2014

Del dandy inglés al mirrey acapulqueño

Columna publicada en la revista Deep, noviembre 2013.






















Hace unos días me topé con un gracioso ensayo sobre Lord Brummell, considerado el primer dandy de la historia, a cargo del escritor y periodista francés Jules Barbey d’Aurevilly –autor de La hechizada (1854) y de Las diabólicas (1874). “Nada perjudica más la figura del dandy que la aberrante confusión con el veleidoso bon vivant –dice por ahí el texto–. Poco tiene que ver un dandy con esos hombres coquetos, víctimas de los afeites, ávidos de ropas caras, perfumes y regocijos”. Lo anterior fue escrito en 1845, cuando al británico Mark Simpson le faltaban como 120 años para llegar a este mundo y casi 150 para acuñar el término “metrosexual”, que tan famoso se hizo a principios del milenio y, si nos apegamos a la descripción de d’Aurevilly, tan bien vino a reemplazar aquel empolvado galicismo, cuyo origen parece estar en el lejano siglo XVII. “Hombres coquetos y víctimas de los afeites”, dijo el decimonónico francés. “Hombres que se gustan a sí mismos y no tienen miedo de demostrarlo”, dice Mark Simpson. Y aunque mi manera de entender lo que es un bon vivant está más relacionada con esa afición a los placeres exquisitos que también profesan los sibaritas (el buen comer, el buen beber y todos esos gustos que uno puede darse cuando lleva una vida reposada), la definición que con sorna da el escritor francés, más ligada a ese “nuevo hombre” del siglo XXI que se hace manicure, compra cremas para “disimular las líneas de expresión” y se aplica tratamientos en el pelo para verse tan bien como sea posible, repito, me ha resultado un tanto graciosa. Sobre todo porque me ha hecho pensar en esa nueva versión del antiguo petimetre francés (petit maître, que significa “pequeño señor” o “señorito”) que nació recientemente en México: el Mirrey, esa tribu urbana que por alguna traidora razón ha encontrado en el ambiente acapulqueño y en la figura de Luis Miguel dos grandes motivos de inspiración. Así tal cual.
            Dueños de la fiesta e indiscutibles protagoniastas en el antro, los mirreyes saben que para partir plaza hay que lucir de manera impecable, desabrocharse un poco la camisa, beber siempre champaña (si acaso whiskey o bacacho) y no dejar de mostrar el gran afecto que sienten por sus amigos (“brothers”, en realidad) mediante toqueteos incesantes. Además, claro, de ostentar sus dotes donjuanescas procurándose siempre una “niña muy linda” que permanezca a su lado durante la noche para hacerlos brillar. No quiero ni imaginar qué cara pondría Jules Barbey d’Aurevilly si viera a uno de estos ejemplares en acción.

lunes, 28 de abril de 2014

Ojos que sienten

Reportaje publicado en la revista Domingo, marzo 2013


Al igual que otros miles de niños y adolescentes mexicanos, hubo un tiempo en que Abraham quiso ser futbolista. Por un año, incluso, formó parte de las fuerzas básicas del Necaxa. Quienes lo vieron jugar saben que era muy buen portero… hasta que empezó a dejar de ver el balón.  “¡¿Estás ciego?!”, le gritaban sus compañeros de equipo, furiosos, cuando se le escurría la pelota e iba a dar hasta la red. Ellos no sabían, pero Abraham padecía retinosis pigmentaria, un problema ocular que, según los pronósticos médicos, tendría que haberlo dejado sin vista desde años atrás.

El hombre al que le cambió la vida
Vine a casa de Abraham para conocer su historia. La idea surgió hace apenas unos días, tras leer en una página de internet que la fotógrafa mexicana, Georgina Badenoch, sería condecorada por la Reina Isabel II con la Medalla del Imperio Británico. ¿A qué se debe el honor? A la labor que ha venido realizando a través de Ojos que sienten, una asociación civil que fundó en 2006 para ofrecer ayuda a personas con discapacidad visual. El nombre de Abraham Sorchini salió a relucir cuando hablé para comunicarles mi interés de narrar un caso de éxito, la historia de alguien a quien la organización le hubiera cambiado la vida.

Según me cuenta, Abraham tiene apenas unos meses viviendo aquí, en Cuautitlán Izcalli, un municipio ubicado en la parte noroeste del estado de México. Antes vivía en la delegación Iztapalapa, en el DF, pero llegaba a hacer hasta tres horas de camino a Tultitlán, otro municipio, colindante con Cuautitlán Izcalli, donde se encuentra la planta de Unilever, empresa para la cual trabaja desde junio. La mudanza fue a tal grado favorable que redujo el trayecto diario a poco menos de media hora.

Justo voy a preguntarle por su esposa, cuando ella aparece. No viene sola, sino con Aurora, hija de ambos, que cumplió seis meses en marzo. Karen, a diferencia de Abraham, no ve absolutamente nada.  

Diálogo en la oscuridad
Apoyados con un bastón, y siguiendo las instrucciones que iba dando la voz de un guía invidente, un grupo de personas, entre las que estaba Gina Badenoch, recorría la sala Diego Rivera, del Palacio de Bellas Artes, que se encontraba completamente a oscuras. La intención era que, al no ver, los visitantes pusieran más atención que de costumbre a sus otros sentidos, y fueran captando sonidos, texturas, aromas, cambios de temperatura… con la idea de experimentar, aunque solo fuera mínimamente y durante unos minutos, algo similar a lo que vive un ciego. Se trataba de la exhibición “Diálogo en la oscuridad”, una propuesta del periodista alemán Andreas Heinecke, que se presentaba por primera vez en México, luego de haber tenido un éxito rotundo en más de cien ciudades desde su estreno en 1988. Gina salió de Bellas Artes con una interrogante en la mente: “¿Qué pasaría si yo pudiera enseñarle a personas ciegas cómo tomar fotografías, para que ellos nos mostraran a quienes vemos, cómo perciben el mundo?”. Ella estaba entonces por irse a estudiar la maestría Imagen y Comunicación en la Goldsmiths University of London, así que la pregunta pronto se convirtió en tema de investigación –le interesaba saber qué tan viable era llevarlo a la práctica– y poco después en realidad: en 2005, de regreso en México, Gina impartió su primer taller de fotografía sensorial para personas con discapacidad visual.

Para entonces, Gina había estudiado el trabajo fotográfico de Evgen Bavcar, Flo Fox y el mexicano Gerardo Nigenda, los tres ciegos, y se había dado cuenta de que, para quienes han quedado privados de la vista, la información que reciben a partir de sus otros sentidos, no solo cobra mucho más relevancia, sino que puede llegar a ser un gran detonador de emociones. Su intención, entonces, era mostrarles a personas con discapacidad visual que ellos también eran capaces de tomar fotografías, cambiando así, primero su autopercepción, y posteriormente, la percepción de la sociedad en general acerca de ellos. “Al enfocarse en crear una imagen a partir de lo que siente, la persona cae en cuenta de lo que es capaz de hacer con sus otros sentidos. Esto cambia su percepción de que ser ciego es ser inútil, e inmediatamente sube su autoestima”.

Los resultados obtenidos en ese primer taller fueron tan gratificantes que sirvieron para reafirmar sus propósitos y descubrir que por ese camino podría llegar aún más lejos. Entonces empezó a tomar forma la idea de crear una organización que pudiera tener un mayor impacto en la sociedad. Una asociación civil que le diera voz a aquéllos que, por padecer de una discapacidad visual, habían permanecido relegados de la dinámica social. Bajo este objetivo, nació en 2006 Ojos que sienten A.C.

Su blusita rosa
Hace unos días, cuando empecé a coordinar este encuentro, caí en cuenta de que nunca había conversado frente a frente con un ciego. Tal vez sea una ingenuidad de mi parte, pero debo reconocer que la situación me tenía un tanto inquieto. No quería que se me escapara un comentario fuera de lugar… me preocupaba, sobre todo, caer en ese error frecuente y tan desafortunado de convertir la empatía en conmiseración. Lo que yo no había considerado, es que Abraham y Karen están acostumbrados a tratar con todo tipo de gente y a lidiar sin problemas con torpezas como las que yo estaba temiendo cometer. Además están contentos con mi visita y con la idea de dar a conocer su historia, de la cual se sienten orgullosos. Eso ayuda a que la tensión ceda poco a poco.
Abraham es aficionado al futbol soccer.

Karen Guerrero también trabaja en Unilever, aunque no en la planta de Tultitlán, sino en el corporativo, que está en el desarrollo urbano Santa Fe. Me cuenta que para ir y venir utiliza el servicio de transporte que ofrece la empresa, así que los traslados no le resultan particularmente complicados. “¡Por cierto…! Tengo que responder un par de mails”, recuerda de pronto, y se dirige a Abraham para encargarle a la niña por un momento. Mientras él se sienta a su hija en las piernas, ella le aclara: “Le puse su blusita rosa”. Y luego voltea para preguntarme: “¿Se ve bonita?”. “Claro –le digo–, muy bonita”. Y ella va sonriendo con orgullo hacia la mesa del comedor, donde está su laptop.
          
Los primeros años
María Esther y Eduardo empezaron a sospechar que Abraham tenía un problema de visión desde que lo vieron chocar contra los muebles al gatear. Sin embargo, el temor a que un especialista confirmara sus sospechas les impidió hacer algo al respecto. No fue hasta que su hijo había cumplido cuatro años cuando lograron armarse de valor y lo llevaron a la Asociación para evitar la ceguera en México (APEC), una institución de asistencia privada que ofrece atención oftalmológica a pacientes de escasos recursos –como es el caso de la familia de Abraham–, ubicada en la delegación Coyoacán, en la Ciudad de México. A los padres no les quedó más remedio que enfrentar una realidad que habían eludido por años: el padecimiento de Abraham era progresivo y todo parecía indicar que se quedaría completamente ciego alrededor de los doce años.   

Ante lo inevitable, lo mejor era empezar a darle a su hijo las herramientas que a la vuelta de unos años iban a resultar indispensables, como aprender a leer el sistema Braille, e inscribirlo en alguna escuela especializada en ciegos y débiles visuales. Sin embargo, y aunque los médicos fueron muy claros en ello, para María Esther y Eduardo seguía siendo muy difícil aceptar las circunstancias y las recomendaciones quedaron en el aire. “Mis papás se resistían a la idea, así que me compraron lentes y me inscribieron en una escuela normal, de gobierno. Yo, mal que bien, alcanzaba a hacer las actividades escolares; con gafas, pero podía leer y hacer prácticamente todo. Digamos que encontré la forma de llevar una vida escolar normal, hasta donde me fue posible”.

Abraham llegó a la edad en que supuestamente iba a perder la vista por completo y, aunque su problema se acentuaba cada vez más, no había dejado de ver. Enfrentaba, eso sí, muchas frustraciones, como tener que dejar de jugar futbol, y cualquier cantidad de situaciones incómodas, sobre todo mientras cursaba la secundaria en una escuela de ciudad Nezahualcóyotl, un ambiente que por momentos resultaba demasiado agresivo para él. “A veces las bromas de mis compañeros eran bastante pesadas: me escondían los lentes, me hacían quedar en ridículo… no me quedó más opción que empezar a hacer justicia por mi propia mano”. Abraham era el más alto y corpulento del salón, lo que le sirvió para hacerle frente a unos cuantos, con tal de que dejaran de agredirlo.

Líderes con visión
En junio de 2012, tocó a Los Cabos, Baja California Sur, ser sede de la cumbre del G-20, entonces en su séptima edición. Ahí, autoridades gubernamentales y empresarios mexicanos firmaron un acuerdo de compromisos planteados en el proyecto Líderes con visión, un modelo de educación, sensibilización e inclusión laboral, que privilegia la diversidad,  atracción de talento y productividad, formando personas que carecen de oportunidades para desarrollar su potencial. Este modelo fue desarrollado por Ojos que Sienten, a partir de las necesidades planteadas en el Decreto por el cual se creó la Ley General para la Inclusión de Personas con Discapacidad, publicado en el Diario Oficial de la Federación, en mayo de 2011. Sus objetivos, según explicó la propia Gina Badenoch durante su intervención en dicho evento, son: “…que un grupo de personas que ha sido vista desde su discapacidad, ahora sea valorada por su capacidad y talento; y que la educación de calidad e inclusión de personas con discapacidad se convierta a lo largo del tiempo, en una práctica e inversión altamente común entre las empresas en México”.

Microsoft, Danone, DELL, General Electric, Scotiabank Inverlat, Cinépolis, CIE Corporación Interamericana de Entretenimiento y Fundación Manpower son algunas de las empresas que, para entonces, se habían afiliado al proyecto, al igual que Unilever México, la empresa que hace unos meses les dio a Karen y a Abraham una oportunidad de trabajo que les cambiaría la vida. 

De acuerdo con Cecilia García, gerente de Recursos Humanos para ventas, y cabeza del programa Diversidad para Unilever México y Caribe, la empresa de la cual forma parte, se ha consolidado como un ejemplo a seguir en lo que se refiere a diversidad e inclusión. “Hay empresas que, aunque no firmaron el acuerdo en el G-20, llaman para preguntarnos cómo nos está resultando la puesta en práctica del proyecto, porque tienen interés en sumarse. A mí me da gusto poderles decir que los resultados han sido muy positivos, y ver que cada vez hay más conciencia sobre este tema”.

Cuando todo empieza a cambiar
La vida de Abraham empezó a dar un giro de 180 grados el día que conoció a Karen. Fue el 12 de marzo de 2012 –lo recuerda bien–, durante el VII Congreso Latinoamericano de Ciegos, que se realizó en el Hotel Ramada de la Ciudad de México, donde ambos formaban parte del equipo de voluntarios. De entrada, admiró que tuviera una carrera profesional (Psicología) y que además estuviera estudiando una maestría en Desarrollo del Capital Humano. Pero además, y sobre todo, le sorprendió la gran actitud que tenía ante la vida, aun cuando, a diferencia de él, su visión es nula desde los 10 años, debido a que padece la enfermedad de Stargardt.

Al poco tiempo de haberse conocido se hicieron novios y todo empezó a cambiar para él, que hasta entonces había sido tímido y reservado: con Karen se animó a ir al cine, a conciertos, a plazas comerciales… empezó a vivir cosas que no había vivido antes. Por ella, incluso, llegó a Ojos que sienten, y logró integrarse a Líderes con visión, el proyecto que meses antes había sido presentado en el G-20, y que muy pronto empezaría sus actividades de capacitación.

Para mediados de diciembre tenían alrededor de un mes viviendo juntos y ambos acababan de perder su empleo, así que estaban desesperados. Fue entonces cuando Karen recibió una llamada telefónica en la que la invitaban a formar parte del proyecto. “Había cupo para quince personas, a las que iban a seleccionar según el currículo, y como ella tiene licenciatura e inicio de maestría, pensaron rápidamente en ella. El problema era yo, que no había terminado la preparatoria y, aunque fui a entrevista, quedé fuera. No diría que caí en depresión, pero sí me dio mucha ansiedad no saber qué iba a hacer”. Sin embargo, era solo cuestión de tiempo para que Abraham recibiera una nueva oportunidad. “No sé qué se habrán quedado pensando pero a los pocos días me hablaron para decirme que querían conocerme mejor, así que volví a ir. Esa vez la entrevista fue más profunda. Me pidieron que les contara mi historia. Al final me dijeron que les gustaba mi actitud y que si quería estaba dentro”. En ese momento, Abraham decidió que iba a retomar sus estudios para terminar la preparatoria cuanto antes.

Lo que hay en la pantalla
¿Qué significa ser débil visual? O, para ser más claros: ¿cómo es la vista de Abraham? Desde que empecé a platicar con él noté que es capaz de seguirme con la mirada, aunque para caminar se siente más seguro si utiliza su bastón. Me intriga saber cómo y qué tanto ve, así que se lo pregunto. “Te podría decir que veo más o menos un 40% y alcanzo a distinguir un 25%. Veo borroso y hay colores que no distingo, pero puedo darme cuenta, por ejemplo, de que usas barba”. A sus 27 años, Abraham ya superó por mucho el pronóstico que le dieron hace veintitrés. Sin embargo, eso no lo hace abrigar falsas esperanzas: sabe que llegará el día en que pierda la vista por completo y dice estar preparado para ello.

Karen lleva ya buen rato tecleando en su laptop. Veo que utiliza unos audífonos, y entiendo que con ellos debe de suplir –en la medida de lo posible– su falta de visión, pero aún tengo muchas dudas sobre cómo puede manejar una computadora sin ver. Para aclararlas, Abraham sugiere que me ponga el auricular. “¡Es como oír a alguien hablando en lenguas!”, le digo. Ambos ríen y me invitan a que escuche otra vez, pero antes él disminuye la velocidad de la voz. Ahora capto: se trata de un programa que verbaliza todo lo que aparece en el monitor. “Te va diciendo lo que hay en la pantalla según dónde pongas el cursor”, me explica Karen. Y sí: puedo comprobarlo mientras la velocidad no esté muy alta. Les digo que estoy impresionado por la capacidad que han desarrollado para entender y registrar palabras pronunciadas a velocidad ultra rápida. “Solo así puedes leer libros de 1,000 páginas en menos de una semana”, me presume Karen, y yo me quedo pensando en todo lo que me falta por conocer.

Cambiando perspectivas
En ocho años de historia, Ojos que sienten ha logrado impactar a casi 400,000 personas, mediante diferentes actividades enfocadas a cambiar la percepción sobre la gente con discapacidad visual. Para lograrlo, la asociación ha trabajado en dos flancos: por un lado, ofrece cursos a quienes padecen esta discapacidad con el fin de desarrollar en ellos diversas habilidades, empoderarlos y ampliar así sus oportunidades de integrarse a la vida laboral, además de fortalecer su posición en el ámbito social. Por otro lado, lleva a cabo distintos ejercicios con quienes no padecen una discapacidad de este tipo, para ayudarlos a generar empatía y propiciar un mejor entendimiento de lo que significa vivir bajo estas condiciones.

Como parte de la primera generación de Líderes con visión, Abraham y Karen pasaron por un proceso de capacitación de cuatro meses antes de ser candidatos a ocupar un puesto en alguna de las empresas afiliadas (aunque desde el principio todos fueron advertidos de que el trabajo no estaba garantizado para nadie y cada quien debía ganarse el puesto). Durante este tiempo estuvieron percibiendo un ingreso mensual para manutención en calidad de préstamo, bajo la única condición de que, una vez que hubieran obtenido empleo, fueran regresando poco a poco tal cantidad. Comunicación oral y escrita, computación, inglés, desarrollo humano, finanzas personales y manejo de grupos son algunas de las áreas comprendidas en el plan de estudios, además del curso Pensamiento creativo y comunicación a través de fotografía sensorial, que amerita mención aparte, pues es el punto de partida para todo lo demás. “En este taller uno aprende a sentir de verdad –explica Abraham–. Yo, por ejemplo, nunca me había detenido a observar las cosas con mis manos, con mis oídos… con mi intuición, incluso. La experiencia es muy interesante porque ayuda a darnos cuenta de que somos capaces de hacer más cosas de las que creíamos; y entonces todo empieza a cambiar”.  

Misión cumplida
En junio del año pasado, Abraham recibió una llamada en la que le avisaron que había sido elegido para integrarse al Departamento de Desarrollo Logístico, en la empresa multinacional Unilever. Al fin, después de un proceso que duró casi dos meses, en el que tuvo que realizar varias pruebas para demostrar sus aptitudes, vino la resolución a su favor. “Cuando supe que era el único de los candidatos con discapacidad pensé que no había posibilidades de quedarme. Por eso fue muy emocionante que me hablaran y me dijeran que se habían decidido por mí. ¡Al fin iba a trabajar en una gran empresa, con prestaciones...! Había llegado el momento de demostrar que podía”.

Abraham, que meses antes había tenido como máxima aspiración trabajar en un call center, se convirtió en la primera persona con discapacidad en ser contratada por Unilever. Además de alegría, la noticia llevó alivio a casa, pues para entonces Karen iba a cumplir seis meses de embarazo y, de no conseguir empleo pronto, se hubieran visto en una situación bastante complicada. Cuatro meses después, a finales de octubre, vino una nueva gran noticia: Karen había sido seleccionada para incorporarse al área de Recursos Humanos.
Abraham con sus compañeros de trabajo.

Diego Mc Kelligan, gerente de Logística y Planeación Estratégica, habla en tono de confesión al reconocer el desconcierto que le provocó saber que, en su nuevo equipo de trabajo había alguien en las condiciones de Abraham. “Valoro mucho que la empresa tenga este tipo de iniciativas, pero cuando supe de Abraham, la verdad me dio miedo. Fue hasta que lo conocí y me di cuenta de su potencial que recuperé la confianza. Los prejuicios quedaron atrás, y es que hace tan bien su trabajo que se nos olvida el tema de su discapacidad”. Escucho a Diego y pienso en lo que apenas unos días antes me decía Gina, al entrevistarla. Lamento que no haya estado presente para escucharlo, porque sé que le hubiera dado gusto, pero no importa: en algún momento leerá este reportaje y creo que tendrá más motivos para confiar en que la misión de Ojos que sienten se está cumpliendo a cabalidad: “Queremos acabar con los sentimientos de lástima hacia los discapacitados. Yo los invito a que nos olvidemos de etiquetas y veamos a las personas por todo lo que representan. Ser discapacitado no es la esencia de una persona, es solo una condición”. Enhorabuena, Gina, y felicidades al equipo que convierte en realidad sueños como el de Karen y Abraham.